Regreso al Abismo capítulo II



Utqiagvik

Gina seguía dormida cuando Damián bajó a utilizar una de las computadoras del hotel. De vez en cuando leía las noticias. Se decía a sí mismo que solo quería estar enterado, pero en el fondo solo quería asegurarse de que Raúl no estuviera en algún encabezado. Nunca se decía nada del Valle, ni siquiera habí­an sacado una nota sobre la feria en Agosto, pero esa mañana le llamó la atención la nota de Ciudad de Plata. El crimen se eleva en la ciudad. En la madrugada habían encontrado dos cuerpos tirados en la carretera. El cuerpo de Arturo Macías, que se presumía que llevaba muerto más de una semana, y el cuerpo de Federico Lozano que llevaba sin vida unas cuantas horas.

Damián observó los cuerpos de Federico, su comprador, y de Arturo, su amigo y dueño de las cabañas en donde había vivido.

Esto no es una coincidencia. Aún estaba intentando hacer la conexión cuando una voz lo interrumpió.

—Mr. Padilla-

Damián apagó la computadora y volteó a ver a Frederick, el recepcionista que lo llamaba desde la puerta.

—Yes—. Damián respondió levantándose, con un nudo en la garganta.

Frederick le explicó con satisfacción que se había desocupado una de las habitaciones con vista al mar. Después de arreglar todos los detalles para el cambio, Damián salió del hotel para tomar aire.

Recargado en la pared del hotel, Damián recordó a su amigo de Valle de Plata. Se había preocupado por Gina y Raúl, las únicas personas que apreciaba, y suponía que eran los únicos que podrían ser objetivos en caso de que quisieran llegar a él. Ni Arturo ni el comprador habrían tenido idea del paradero de Damián. Se imaginó al par de hombres siendo torturados sin tener la más mínima idea de lo que estaba pasando. Damián vio pasar a un repartidor al interior del hotel. Entró detrás de él, soplando entre sus manos para entrar en calor. Se dirigía al ascensor cuando Frederick volvió a llamarlo. Esta vez le anunció que el repartidor había dejado una carta para su habitación aunque podría tratarse de una confusión ya que no tenía destinatario, remitente ni dirección de envío. Extrañado, Damián leyó el contenido: Damián, tienes que regresar. Es urgente.

Al levantar la vista, Frederick tenía la misma cara de consternación que él. Antes de que comenzara a hacerle preguntas, Damián le aseguró que se trataba de una broma y metió la nota a la bolsa del abrigo. Le agradeció y dio la vuelta, caminando deprisa al elevador. Al llegar a la habitación vio la cama vacía.

—¿Gina?

Al no escuchar respuesta, sus peores temores comenzaron a llenarlo de dudas— ¡Gina!—. Después de recorrer la habitación se regresó a la puerta. Había una nota pegada al marco en donde Gina escribió que bajaría a la cafetería. Exhaló aliviado, sintiéndose ridículo de su repentina paranoia y salió de la habitación.

Gina metió las manos al abrigo y se sentó en uno de los gabinetes del restaurante del hotel—. ¿Me da un cofi, plis?

El mesero asintió sonriendo—. Right away.

—Igualmente—. Gina le sonrió sin entenderle.

—Pensé que me habías dejado—. Bromeó Damián sentándose frente a ella, al mismo tiempo que dos sujetos se sentaban detrás de él.

Gina sonrió—. En tus sueños. ¿Todo bien?

—Se desocupó una de las habitaciones con vista al mar. En la tarde hacemos el cambio.

—Qué bien, qué bien —respondió bajando la mirada.

—No estás feliz.

—¡Sí, por supuesto!

Damián volteó hacia atrás. Dos hombres de negocios con cabello gris se estaban acomodando en el gabinete de al lado. Uno de ellos tenía la estatura y porte de Valderrama. Miró a Gina.

—Vista al mar, ¡guau! —dijo Gina fingiendo entusiasmo, y decidió mejor hacer un cambio de tema. Si ella ya se había aburrido de pensar en Valderrama cada que veía a un hombre vestido de traje, Damián seguramente ya estaría harto—. Me hubiera gustado estar en la feria.

Damián no quería saber nada de Valle de Plata pero le siguió la corriente para no caer en otra discusión—. Ha de haber estado muy divertida.

Gina soltó una pequeña risa, echándole una mirada—. Ajá.

Damián apretó las manos de Gina—. Me alegra que estemos aquí.

Gina pensó lo mismo. No se refería al hotel o la cafetería, sino juntos. Quizá se había perdido la feria, y habían pasado muchas cosas que no calificaría de buenas y alegres, pero en todo el caos había encontrado a un hombre con el que estaba dispuesta a pasar el resto de su vida. Pensó en Lázaro, alguna vez había dicho lo mismo de él… pero era distinto, con Damián, todo era distinto.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó la siempre curiosa al ver el papel que salía de su abrigo.

Damián no pensaba compartirlo con ella, pero con un suspiro sacó la nota.

—¿Raúl? —preguntó tras leerla.

—No.

—¿Quién más?

—¿Conoces a Raúl?—. Damián alzó una ceja—. Él jamás me mandaría algo así y menos ahora.

Gina asintió—. ¿Una mujer?

Damián apretó los labios escondiendo una sonrisa.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada. Quizá reconsiderar nuestra fecha de partida.

—Me refiero a la persona que mandó el mensaje, ¿cómo podemos averiguar quién lo mandó?

—¿Qué importa?

—¡Tienes que ayudarlo!—. Gina respondió algo indignada.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Alguien que te conoce está en problemas, y te está pidiendo ayuda. Puede ser alguien cercano, ¿qué tal que sí es Raúl?

—No sé qué te hace pensar que voy a correr a salvarlo, los dos sabemos perfectamente que no soy ningún héroe.

—Tampoco eres un cobarde.

Damián apretó las manos intentando calmarse. Consideró pararse e irse a la habitación pero no la dejaría sola, y mucho menos ahora que había recibido la nota. Se preguntó si Raúl le habría dicho a alguien en dónde estaba. Después de todo, lo había llamado desde un celular, para Raúl no sería difícil averiguar en dónde estaba.

—¿Huiremos toda la vida? —preguntó Gina en voz baja y muy seria.

Damián la observó antes de responder. Suspiró tranquilizándose e intentando adivinar lo que pasaba por su mente—. No estamos huyendo, solo estamos manteniéndonos al margen de lo que pasa en la ciudad.

Gina asintió.

Damián suspiró derrotado—. No sabía que querías regresar al valle.

—No, ¡no es eso!

—Gina, en broma o no, lo has mencionado mucho últimamente.

—¿Sí? No lo había notado… Bueno, también he mencionado un par de veces casarnos—. Gina arrugó la barbilla y encogió los hombros.

Damián sonrió—. Ya te dije que si es importante para ti, lo hacemos.

—Gracias señor romántico—. Gina bebió un trago del café—. Regresando a Valle de Plata, no importa si yo quisiera regresar, tú has dejado muy claro que no vas a regresar y no pienso separarme- espera, ¿me estás dejando? Porque estoy segura de que nuestras discusiones son algo normal, no discutía así con Lázaro pero seguramente pasa en todas las relaciones y además el clima-

—¿Qué? ¡No! Gina, lo que quiero decir—exhaló intentando ser claro—. Lo que quiero decir, es que has pensado mucho en tu antigua vida y creo que estás confundida.

—Confundida, yo—. Gina cruzó los brazos.

—Crees que extrañas el valle, pero lo que extrañas es tener una vida normal. Y no te culpo.

—No tenía una vida normal, ¡era aburrida! Contigo todo ha sido tan… tan…

Damián alzó una ceja.

—Impredecible.

Damián esperó.

—Sí, de acuerdo, las cosas han estado algo tensas y a veces no me siento muy yo, pero te amo. Lo sabes, ¿verdad?

—Claro que lo sé, y tú también lo sabes. Pero eso no hace que las cosas sean más fáciles para ti. Gina, yo estaba acostumbrado a la tensión, tú no.

Gina sacudió ligeramente la cabeza alzando las cejas—. Puedo acostumbrarme.

—¡No quiero que te acostumbres!

Gina volteó a ver al mesero que los miró como si dudara en acercarse.

—Solo quiero que seas feliz —dijo en un tono más bajo—. Y a veces no sé si estando conmigo puedas serlo.

Gina parpadeó un par de veces, cerrando su abrigo—. A veces pienso que eres el hombre más inteligente que he conocido—. Se levantó de la silla—. Pero otras creo que eres el más estúpido.

Damián echó la cabeza para atrás pero decidió no seguirla. Los dos necesitaban espacio. Por supuesto que la amaba, era feliz con ella, pero ella no. Cuando estaba despierta se la pasaba mirando sobre su hombro y cuando dormía la perseguían las pesadillas. Damián sabía cómo era vivir así y se rehusaba a aceptar ese estilo de vida para ella.

Cuando Damián regresó a la habitación, encontró a Gina recargada en la ventana.

—Me preocupa Lázaro… he estado pensando mucho en él últimamente—. Admitió extrañada, ignorando el pleito del restaurante.

—¿Sí?

—¿No crees que de alguna forma lo relacionen con todo eso?

Damián lo pensó por un momento—. No. Lázaro estará bien. No hay nada que lo conecte a mí—. Una voz en su cabeza lo hizo dudar, pensando que también había creído que no había nada que lo conectara al comprador o Arturo.

—Pero yo soy la que mató a-

—Shhh—. Damián la interrumpió—. Yo lo hice. Gina, yo lo hice.

—No hay nadie escuchando, y si sigues diciendo eso vas a terminar por creerlo.

Damián se sentó en la cama. Cruzó una pierna y apoyó la cabeza sobre su rodilla.

Gina volteó lentamente a verlo—. ¿Cómo me imaginas cuando dices que quieres que sea feliz?

Damián pensó antes de contestar. Esas palabras habían hecho que Gina se levantara ofendida de la mesa y no quería volver a alterarla—. Te imagino en una casa con un jardín soleado, una fuente, un perro, no, dos perros—, la volteó a ver. Gina intentaba contener una sonrisa—, riendo, con el cabello suelto y despeinado. Quizá a una distancia razonable del cine.

Gina sacudió la cabeza pero la respuesta la había hecho sonreír—. Aunque eso suena muy bien —dijo acercándose a la cama—, te faltó algo muy importante. Tan importante que esa antojadiza escena sería imposible. Al menos la parte donde estoy riendo.

—¿No dije dos perros?

Gina sacudió la cabeza—. Tú.

En lugar de responder con palabras, Damián se levantó buscando sus labios.

—¿Cómo suena Gina Ferrer?—. Gina miró hacia un lado considerándolo.

Damián sonrió—. Suena bien.

Gina arrugó la nariz—. No es un fuerte incentivo para una boda, ¿verdad?

Damián la tomó suavemente del cuello e inclinó su cabeza hacia atrás. Gina cerró los ojos, sintiendo las manos de Damián bajar por sus hombros y detenerse en sus brazos. Sin apartar sus labios, más que para quitarse la bufanda, Gina lo empujó hacia la cama avanzando con él.


Ciudad de Plata

Raúl se acostó en el sofá pensando en Damián. Había borrado su teléfono y no quería saber nada de él. Se creía un estúpido por pensarlo, pero tampoco le deseaba nada malo. Se levantó y encendió la consola para distraerse, al mismo tiempo se abrió una caja en la pantalla con un avatar morado.

¿No te tocan los Vélez?

Cancelaron, respondió Raúl, y después agregó una carita feliz.

¿Una partida? A lo mejor hoy sí es tu día de suerte.

Raúl pensó en contarle sobre la visita del detective pero decidió hacerlo después. No, cambié de opinión, me conecto más tarde. Escribió antes de apagar la consola.

Miró hacia su nueva casa, sintiéndose culpable por extrañar el departamento. Nunca había tenido un espacio tan grande, pero tampoco se había sentido tan infeliz. Había recibido una fortuna, pero en el proceso sentía que lo había perdido todo.

Sintió una vibración y sacó su teléfono del bolsillo. Una notificación anunciaba un correo nuevo. Se sentó en un sofá a leerlo, era del detective:


Raúl, espero que esto le haga cambiar de opinión,

Zoe Martín: Reportada en Mayo 2019 en Roble 6. Valle de Plata. Supuesto suicidio. Principal sospechoso: Damián Ferrer

Miranda Bárcena: Encontrada en Junio 2019 en Valle de Plata. Homicidio, estrangulación. Principal sospechoso: Damián Ferrer

Valentín Correa: Encontrado en Septiembre 2019 en Valle de Plata. Causa desconocida. Fecha estimada de muerte: Julio 2019.

Javier Valderrama: Reportado en Julio 2019 en Roble 6. Valle de Plata. Homicidio, arma de fuego. Principal sospechoso: Damián Ferrer

Son cinco muertes señor Raúl, entiendo que alguna vez haya sentido una gran amistad por él, pero no quiere ser cómplice de este asesino, le podría salir muy caro.

Detective Juan Manuel Orozco

Raúl se levantó y recargó sus manos detrás de su cabeza, recordando la llamada histérica de su mamá, diciendo entre gritos que su hermana se había quitado la vida. Raúl había dejado de ser parte de esa familia tiempo atrás pero le costó trabajo creerlo. Tan solo unas semanas después, su padre le informó de la muerte de Miranda. Una conversación que más que informarle lo que había pasado con su madre, los llevó de regreso al pleito eterno entre padre e hijo. Raúl sacudió la cabeza, intentando no pensar en Lucas.

¿Sería Damián capaz de cometer esos crímenes? Intentó recordar la conversación que había tenido Damián con Lucas esa última noche. Mencionó a Zoe, sabía cómo había muerto, pero eso no quería decir nada, ¿o sí?

Con la respiración agitada regresó a la computadora. Damián se había ido. Para siempre. Y ahora era la libertad de Raúl la que estaba siendo amenazada. Si a Damián no le importaba, ¿por qué a él debería de importarle? Caminó hacia el bote de basura y sacó la tarjeta del detective.

—Raúl, me alegra que haya cambiado de opinión. ¿Por qué no viene a la agencia? Aquí podremos charlar sin distracciones. La dirección está en la tarjeta.

—¿Ahorita? —¿sábado a las ocho de la noche? —Este… ¿no prefiere el lunes?

—Esto es una prioridad, señor Raúl. Le aseguro que no le tomará mucho tiempo.

—Bueno va, está bien—. Raúl colgó el teléfono perdiendo la confianza. De todas formas no sé en dónde está, no es como si lo estuviera entregando a la policía. Se dijo mientras caminaba al coche.

No manejó durante mucho tiempo. Había poco tráfico y en solo quince minutos el GPS anunció que había llegado a su destino. Se estacionó y verificó que la dirección fuera la misma de la tarjeta. El número que indicaba era de una casa con un portón negro que impedía ver al interior, no de la estación de policías que Raúl esperaba encontrar. Se bajó del coche mirando hacia las otras casas, y tocó el timbre sin saber qué esperar.

—¿Sí?

—Hola, no sé si estoy en el lugar correcto. Vengo a ver al detective Orozco.

El hombre de traje asintió—. ¿Raúl Martín? Pasa, te está esperando.

Orozco salió al pasillo—. Gracias Arzuela, sígueme Raúl. Te agradezco que hayas venido.

Raúl lo siguió por el pasillo, echando miradas a las habitaciones que albergaban escritorios y muebles de oficina. Escuchó un teléfono sonando en algún lado, pero parecía que el detective y Arzuela, el que abrió la puerta, eran los únicos en la casa.

—Le dije que no tomaba cualquier caso. Solamente los casos en los que encuentro una cierta dificultad, o reto.

—¿Es un reto el caso de Damián? —Raúl alzó una ceja.

—El señor Ferrer es muy astuto.

—Me imagino—. Suspiró Raúl, intentando recordar por qué había aceptado asistir.

El detective le ofreció una bebida y Raúl aprovechó su ausencia para revisar el lugar. Abrió los cajones esperando encontrar la supuesta evidencia que tenía el detective contra Damián, no para tomarla, solo por curiosidad, pero no encontró nada. Los cajones estaban vacíos y el anaquel solo tenía material de oficina.

El detective Orozco dejó el café sobre la mesa frente a Raúl—. ¿Tres de azúcar?

—Sí. Gracias—. Raúl acercó la taza a los labios pero al sentir el vapor decidió dejarla en la mesa para enfriarse—. ¿No tiene un hielito o…?

—Entonces. ¿Lo ha contactado el señor Ferrer?

—Lo ha intentado. Creo. Borré su teléfono. Esta no es su oficina, ¿verdad?

—Trabajo en casa. ¿Cómo sabe que es él?

Raúl pensó en el mensaje que le había dejado en el buzón, pero prefirió mantenerlo en secreto—. Una corazonada.

El detective asintió, pero antes de que pudiera retomar el tema, Raúl lo interrumpió.

—Solo quiero decir algo. Voy a contestar todas sus preguntas, pero yo no creo que Damián Ferrer sea un asesino.

El detective frunció el ceño—. Pensé que había recibido mi correo.

—Sí. Lo vi.

—Entonces-

—Eso no significa nada.

—El señor Ferrer vivía en Valle de Plata, en donde todos los asesinatos fueron cometidos. La única razón por la que no mencioné el supuesto suicidio de Lucas Martín es porque la evidencia confirma que él mismo lo hizo, como usted señaló, pero eso no significa que el señor Ferrer no-

—¡No lo hizo! Mire, entiendo que lo relacione a él.

—Son muchas coincidencias, ¿no lo cree? Miranda, Zoe… ¿cómo explica que la gente que se relaciona con el señor Damián Ferrer se suicide o termine muerta y él no tenga nada que ver?

—Sí. De acuerdo, se conectan a él, quizá. Pero está olvidando algo, Lucas Martín fue un hijo de puta y yo conocí su verdadera cara, no el día que me estuvo torturando sino desde que era un niño. Si mi mamá fue asesinada y mi hermana se quitó la vida, pudo haber sido por él, de hecho tiene más sentido.

El detective asintió lentamente, entendiendo la percepción de Raúl—. ¿Cree que todos estaban relacionados con Lucas Martín?

—Javier y Valentín eran sus socios, ¿en serio me está haciendo esa pregunta?

—Entonces, en su opinión, ¿por qué se quitó la vida?

—En mi opinión se la tenía que haber quitado mucho tiempo antes.

El detective lo observó durante un momento. Raúl odiaba a su padre y estimaba a Damián, aunque estuviera tan enojado que no podía aceptar que era su amigo. En lugar de confrontarlo o convencerlo, decidió cambiar de dirección.

—¿Qué fue lo que pasó el quince de Julio?

Raúl exhaló, sumiéndose en el asiento y recordando ese pésimo día—. Damián me llevó al trabajo.

—Después de robar su coche y hacerle creer que alguien más lo había hecho—. El detective cruzó las manos sobre la mesa.

Raúl le echó una mirada, si ya sabe todo para qué me pregunta—. Sí.

—¿Y después?

—Simón, un amigo, me llamó para decirme que había visto el Renault en un estacionamiento público cerca de su trabajo.

—¿Cómo sabía que era su coche?, ¿no podía ser de otra persona?

—Por las placas. LUAR333—. Miró al detective—. Raúl al revés.

El detective hizo una anotación en su cuaderno—. Continúe, ¿qué pasó después?

—Le marqué a Damián para darle la buena noticia, ya sabe, de que el coche había aparecido, pero no contestó.

—Porque en ese momento estaba cometiendo un asesinato.

—Eso no lo sé —respondió Raúl, seriamente.

—Lo siento—. Hizo un ademán para que continuara.

—Tomé un taxi y recogí el coche, le volví a llamar a Damián, le dejé un mensaje- de hecho, le estaba dejando el mensaje cuando una camioneta blanca, de esas que usan para transportar turistas, me empezó a defensear y luego me chocaron, haciéndome perder el control.

—¿La camioneta pertenecía a los sujetos que lo secuestraron?, ¿sabía que iban por usted?

Raúl asintió—. Era de ellos pero no, ¿cómo iba a saber? No sé, pensé que se trataba de una broma. Yo no era nadie, ni tenía nada, ¿para qué querrían llevarme? Lo único que se me ocurrió es que querían llegar a mi papá, pero después comenzaron a llamarme Manuel y pensé que todo era una confusión.

—Entiendo que lo torturaron estos sujetos.

—Bajo la orden de mi papá.

—¿Qué hizo el señor Lucas Martín al verlo?

Raúl bajó la mirada, y apretó los dedos—. Tenía la cara hinchada y llena de sangre. No me reconoció.

—¿No le dijo quién era?

—Lo intenté.

—Pero siguieron torturándolo.

—Hasta que llegó Damián.

El detective asintió—. ¿Qué hizo el señor Ferrer?

—Le dijo a mi papá que él era a quien buscaba, y le dijo que era yo, su hijo, el que estaba ahí sentado.

—¿Qué pasó después?

—Damián le confesó que era su hijo.

—Espere un momento—. El detective se puso de pie—. ¿El señor Damián Ferrer es su hermano?

Raúl asintió—. Hijo de otra mujer, pero sí. Damián es mi hermano.

—No lo mencionó antes—. El detective se reprochó por no saberlo. Antes de la llegada de Raúl había sacado toda la información de Damián pero su padre era una interrogante, debía haberlo deducido.

—Lo estoy mencionando ahora.

El detective sacó más papeles del folder y en donde tenía el perfil de Damián tachó la palabra huérfano y escribió el nombre de Lucas, después extendió una mano—. Por favor continúe.

—Me llevaron a un hospital y no los volví a ver.

—¿Levantó una denuncia?

—¿Contra quién?, ¿mi papá?, ¿mi hermano?

—Entiendo que la policía llegó al hospital—. El detective sacó el documento que contenía su conversación en el hospital con los oficiales.

—No me acordaba de nada.

—Eso fue lo que les dijo.

Raúl lo miró. Ambos sabían que eso era una mentira.

—Lo último que se sabe del señor Ferrer, es que llegó al aeropuerto acompañado de una mujer. ¿Sabe quién es ella?

Raúl miró al detective—. Gina. No recuerdo su apellido—. Se mordió el labio, esperando que no fuera suficiente para encontrar a Damián.

—¿Cómo la conoce?, ¿podría hablarme de ella?

—No la recuerdo bien, solo la vi en una ocasión que Damián la llevó al departamento.

—¿Cómo la conoció el señor Ferrer?

—No tengo idea.

—¿Alguna vez habló de algún país que quisiera visitar?, ¿sabe a dónde pudo haber ido?

—No —respondió y bebió un sorbo del café.

—Si tuviera que adivinar, ¿a dónde diría que fue?

—¿África? —Raúl respondió alzando los hombros.

El detective entrecerró los ojos, considerando otras formas de trabajar con Raúl—. ¿Sabe? Hablé con el señor Andrés Montero hace un rato. Él también tiene una gran estima por el señor Ferrer.

Raúl alzó una ceja—. Yo no tengo ninguna estima por-

—A lo que me refiero, es que Damián tiene cierta… facilidad, para acercarse a las personas. Pero por otro lado, hay personas que lo consideran un sociópata. Y personas profesionales, como la psicóloga Miranda, por ejemplo.

Raúl entrecerró los ojos—. Está mintiendo.

El detective apretó los labios—. No.

—¿No? Ya sé, preparó un discurso para convencerme.

—No tengo que hacerlo—. Empujó un folder manila hacia Raúl, y cruzó los brazos—. Encontraron esto en el departamento de Gina Ferrer.

—¡Entonces sí sabe con quién se fue!

—Mi trabajo es saber, señor Raúl.

Raúl asintió, leyendo la etiqueta pegada al sobre sesiones de Damián Ferrer.

El detective sacó las hojas y las puso encima del sobre. Raúl solamente vio la firma de su mamá hasta abajo—. ¿Tiene más preguntas qué hacerme o ya me puedo ir?

El detective suspiró y se recargó en el respaldo—. Puede irse. Solo le voy a pedir una cosa, si lo contacta por favor avíseme.

Raúl cruzó la calle sin fijarse. Un taxista lo esquivó, tocando el clacson y gritando por la ventana, pero Raúl no lo escuchó. Se subió al coche y apretó el volante con las manos. Ese expediente no significa nada. Damián no mató a mi mamá. ¿Para qué? él jamás haría algo así.

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—¿Qué noticias tienes, Laura?—. El senador Vélez rodeó la alberca sintiendo el pasto en los dedos de los pies.

—Aún nada, senador.

El senador bajó el teléfono frustrado y se llevó una mano a la frente. Su esposa lo veía desde el comedor, en donde estaban cenando los niños.

—Pensé haber dejado claro que esto era de vital importancia.

—Lo sé, senador. Por eso estoy aquí a las ocho de la noche de un sábado—. Respondió su asistente en un tono de reproche.

—Entiendo, y no me imagino que será más fácil pasar el domingo ahí. Recuérdale a Ramírez que esto es serio. Se acaba el tiempo y tiene mucho qué perder si no cumple.

—Sí, senador.

El senador vio a la señora Beatriz acercarse con una charola. Llevaba diez años trabajando para su familia y el senador no sabía nada de ella, ni siquiera su apellido.

—¿Gusta que le prepare algo de cenar, señor?—. Le preguntó, ofreciéndole su vaso con ron.

El senador tomó el vaso y negó con la cabeza. La señora Beatriz asintió y se marchó.

—¿Qué va a pasar si no lo encuentras?

El senador brincó al escuchar a su esposa. Unas gotas del whisky cayeron sobre su camisa—. ¡Maru! ¡Por Dios, me vas a dar un infarto!

—Ya sé que no te gusta que me meta en tus asuntos, pero te pregunto porque creo que esto no solo te concierne a ti.

—Ya, ya, no es para tanto—. El senador se quitó la camisa y se sentó con los pies en el agua.

—¿Vas a nadar?

—¿Qué quieres que haga? ¡¿Eh?! ¿Compro un boleto y me pongo a viajar por el mundo para ver si lo encuentro?

—Quizá sea yo la que compre un boleto. Tal vez sea hora de llevarme a los niños.

—Maru, no digas pendejadas.

—¿Qué van a hacer si no lo encuentras?—. Maru alzó la voz.

—Lo voy a encontrar, ¿sí? Por una vez confía en mi, carajo.

Maru sacudió la cabeza y dio media vuelta. Antes de entrar a la casa escuchó un clavado a la alberca pero no volteó a ver a su esposo.

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Elena estaba recostada en la tina con una copa de vino tinto en la mano. Neuriel Montoya se paró en la puerta sin playera y usando unos pantalones de mezclilla demasiado grandes. Elena abrió los ojos y giró levemente la cabeza, observándolo.

—Javier subió unos kilitos —dijo Neuriel, estirando los pantalones de la cintura.

Elena bebió un sorbo de la copa y cerró los ojos nuevamente.

—¿Te gustan?

—No—. Elena abrió los ojos al escuchar un sonido de indignación de Neuriel—. No te ofendas, me gusta lo que hay debajo.

Neuriel sonrió y después sacudió la cabeza, quitándose los pantalones—. Nunca he entendido por qué usan esto. Es tan… equis. Me acuerdo que mi papá los usaba todo el tiempo. Soy la primera generación de los Montoya que usa ropa decente.

—Primera y última si dejas a tu esposa esperando —dijo Elena al ver su intención de acompañarla en la tina.

—Vamos a cenar. Escuché que inauguraron un restaurante de comida francesa, y estoy seguro que el vino te va a gustar.

Elena alzó su copa apretando los labios—. ¿Por qué no mejor la llevas a ella?

—La señora Montoya no merece que la lleve a un lugar así, créeme —dijo alzando las cejas—. No para de hablar de los demás, me vuelve loco. Ponerte al día está bien, es sano inclusive, pero desde que salió en la portada de High Class Citizen no deja de traer gente a la casa. ¿Qué ha hecho ella? ¡Nada! Todo se lo he dado yo. Se le olvida que lo único atractivo que tiene es mi apellido.

Elena lo miró entretenida.

—En todo caso pensé que podía quedarme esta noche. Estos viajes de negocios salen sin previo aviso.

Elena sonrió, enderezándose.

Neuriel se lamió los labios observando el cuerpo de Elena—. Creo que es momento de que desocupes un cajón para que pueda traer algo de ropa, un hombre como yo no sale vistiendo mezclilla.

—Ya lo hemos hablado, Neuriel. Pasamos un muy buen rato, no compliquemos las cosas. Ve a casa —dijo cerrando los ojos y recostándose nuevamente.

Neuriel apretó los labios y asintió—. Entiendo, no quieres que te presione—. Regresó a la habitación y se puso su traje negro. Mientras se ponía el saco observó las luces de la ciudad. Vivir en la zona más cara de la ciudad le hacía sentir importante. Desde el ventanal podía ver su casa en la glorieta de enfrente. Las luces estaban prendidas, se preguntó a qué grupo aburrido habría llevado ahora su esposa. Suspiró y se asomó al baño.

—Entonces nos vemos después—. Sacó su teléfono—. Agh, olvidé llamar a Leandro.

—¿Leandro?

—Uno de los hombres que trabajaba para Javier—. Neuriel sacudió una mano—. Ha estado insistiendo en trabajar para mí.

—¿Confías en él?

—¿Bromeas? Era un hombre de Valderrama.

—¿Y no estaba con él cuando mataron a su jefe?—. Elena alzó una ceja y se llevó la copa de vino a los labios.

Neuriel soltó una pequeña risa—. Sí. Pero me da confianza. No sé, quizá le de una oportunidad—. Neuriel la miró—. No son temas que te interesen. ¿Mañana trabajarás hasta tarde?

—Tal vez.

—Te estaré esperando—. Le mandó un beso y salió de la habitación.

Elena sacudió la cabeza. Neuriel se comenzaba a poner demandante. Si el sexo no fuera tan bueno, ya lo habría mandado a volar.

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Raúl dio vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Cuando por fin se estaba quedando dormido, su teléfono sonó con un enojado Simón del otro lado de la línea.

—Me plantaste.

—¿Qué?

—Te esperé dos horas en el bar.

—¡Simón! Se me olvidó por completo—. Raúl se enderezó frotándose los ojos—. Fui a ver al detective.

—¿Un sábado en la noche? No te creo.

Raúl suspiró viendo el reloj—. Pensé que era más tarde.

—Son las diez, ¿qué haces?

—Estaba dormido.

—Me cambiaste por quedarte en la cama, guau.

—Estoy cansado, el detective Orozco es un hombre muy intenso.

—¿En serio estabas con él?

—Sí, me estuvo interrogando. Dijo- bah, dijo muchas cosas.

—Cuenta.

—Prefiero no hablar de eso—. Respondió Raúl pensando en el folder de su mamá.

—Bueno, al menos sé que estás vivo y no te pasó nada.

—Perdón guey, se me olvidó.

—No te creas, llegó mi hermano por eso estuve ahí dos horas. No eres mi novia, no te hubiera esperado más de veinte minutos.

—¿Ya llegó tu hermano?

—Sí, hoy en la mañana. Ya le dije que tiene que ir a conocer tu casa, se va a volver loco.

—Mañana nos ponemos de acuerdo, ¿va?—. Raúl se levantó.

—Vale, luego nos vemos.

Raúl bajó a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Aunque Simón y Mateo se habían negado a aceptar la repartición del oro, Mateo sí aceptó una combi que adaptó para hacer un viaje de dos meses recorriendo el continente, y mientras él hacía su viaje, Simón visitó constantemente a Raúl en su nuevo hogar. Nunca hablaban de temas sentimentales, pero para Simón era obvio que Raúl extrañaba a Damián.

Raúl abrió la puerta que estaba debajo del lavabo, y mientras le dio un trago al agua, observó las maletas que escondían las barras de oro. Todavía tenía para comprarse cien casas más de esas. Sacudió la cabeza, pensando en que no tenía nada qué hacer con eso. Quizá el tema lo amargaba porque estaba enojado con Damián, o porque ese oro venía de su padre. Cerró la puerta y regresó a la habitación.


Utqiagvik

Era de noche cuando Gina y Damián regresaron al hotel. Habían visitado la pequeña iglesia de San Patricio, aunque no habían pasado más de diez minutos en el interior. Damián se sentó en la banca de hasta atrás a contemplar a los creyentes, y a pesar de que había sido idea de Gina entrar, ella había mantenido la mirada en el suelo, y veía de reojo, como si se ocultara de alguien o intentara pasar desapercibida.

—¿Qué te pasó allá adentro?

Gina sacudió la cabeza—. No lo sé. Fue mala idea entrar.

—¿Por qué?

—Pues nunca he sido una gran creyente, pero estoy segura de que hay ciertos límites para asistir a esos lugares. Dudo mucho que cualquiera con un pasado como el nues- como el mío, pueda llegar ahí a hablar con Dios como si nada.

Damián solo la observó.

—Creo que algún día tendré que pagar por lo que hice.

—Yo creo que ya estás pagando.

Gina se dejó caer en la silla con los brazos abiertos—. Siento este constante malestar… como si tuviera náuseas todo el tiempo. ¿Te ha pasado? Además está el pleito mental—. Se llevó las manos a la cabeza—. Todo el tiempo está una voz defendiéndome, diciendo que lo que hice no fue tan malo, y en el fondo sé que sí lo fue. No importa si el tipo valía o no valía, lo que hice es imperdonable.

Damián la observó desde la otra silla, algo en la escena le recordó sus sesiones con Miranda.

—¿Desearías no haberlo hecho? —preguntó casual, sin emociones ni juicios detrás de sus palabras.

Gina se enderezó, con las manos en los brazos de la silla—. ¡No! ¡No! ¡Por supuesto que no! Lo volvería a hacer sin dudarlo.

Damián apretó los labios sin dejar salir su sonrisa.

—Por eso sé que soy una mala persona—. Gina sacudió la cabeza derrotada.

—¿Una mala persona? ¿Tú, Gina?

Gina lo miró intentando detenerlo—. No quiero que me hagas sentir mejor.

—Un policía que está siguiendo a un criminal y le dispara antes de que escape. ¿Es buena o mala persona?

Gina frunció el ceño sin entender el sentido de la comparación—. Está haciendo su trabajo.

—Una persona que mata en defensa propia, ¿es buena o mala persona?

—Entiendo hacia dónde vas, por eso no me arrepiento de haberlo hecho. Pero eso no me hace una buena persona.

—¿Bajo qué estándares? —preguntó Damián con sinceridad—. Admiras a los soldados que van a la guerra a matar a personas que ni siquiera conocen, ¿cuál es la diferencia de que un civil mate a un enemigo? Mira yo no soy nadie para enseñar sobre moral, pero te diré algo, y no es por consolarte, aunque me encantaría encontrar la forma de hacerlo.

Gina alzó la mirada.

—No es el hecho de matar o salvar a alguien lo que te hace buena o mala persona. Es tu motivación al hacerlo. El policía que le dispara al criminal que está apunto de lastimar a un inocente, no es igual al policía que le dispara a un sospechoso por el simple hecho de que puede hacerlo. Para demostrar su poder, para demostrar que es superior, o porque puede. Eso Gina, es lo más vil del ser humano, y eso es de lo que hay que cuidarse.

Gina miró hacia la ventana. Las palabras de Damián hacían sentido, pero no lograba encontrar consuelo en ellas.

—No te voy a decir cómo sentirte, solo quiero que analices si te estás condenando por razones tuyas, o si te condenas porque crees que debes hacerlo. Tú no saliste a matar a alguien ese día, actuaste bajo una amenaza.

Gina asintió lentamente—. Empecemos el año en otro lado. Hagamos algo nuevo, dejemos esto atrás. No sé… podríamos ir a un lugar más calientito, quizá a esa isla paradisiaca que mencionaste en la ciudad y buscar una casa de esas que tienen perros y me hacen feliz.

Damián sonrió, acercándose a ella—. Me encanta la idea—. Le dio un beso en la frente, pensando que el cambio de escenario no serviría de nada. Mientras Gina no estuviera dispuesta a perdonarse por lo que había hecho, cargaría con ellas de un extremo a otro del planeta.


Ciudad de Plata

El senador Vélez estaba acostado en un sillón del estudio con el teléfono en la mano. Tenía la mirada fija en el reloj de pared. Era domingo, eran las tres de la tarde y a las cinco se cumplirían las cuarenta y ocho horas. Elena no había sido capaz de encontrar al hombre en dos meses, ¿qué le hacía pensar que él podía hacerlo en cuarenta y ocho horas? Tienes acceso a la agencia nacional de investigación le respondió a la voz de su cabeza, pero no estaba seguro si había algún investigador en todo el país que pudiera lograrlo.

—Senador, estaba a punto de llamarlo.

El senador frunció el ceño—. ¿Lo encontraron?

—Hotel Top Of The World, en Alaska—. La voz de su secretaria sonaba cansada e irritada—. El investigador Ramírez espera una gratificación.

El senador hizo una pausa, sintiendo un espasmo de emoción al saber que le había cumplido a Elena—. ¿Estás completamente segura?

—Se registró bajo el nombre de Manuel Padilla el dieciocho de Julio.

—¿Y cómo sabemos que es él?

—Está con Gina Navarro, una mujer que vivía en Valle de Plata en el edificio donde Javier Valderrama fue asesinado.

El senador asintió—. ¿Quién conoce esta información?

—Solamente el investigador Ramírez y yo. Usted dijo que era privado.

—Que así se mantenga.

—Sí, por supuesto. Y, ¿senador?

—Dime.

—Meteré las horas extras en esta quincena.

—Sí, sí —respondió molesto antes de colgar. Estaba llamando a Vicente cuando vio las maletas en la entrada de la casa—. ¿Te volviste loca?

—¿Qué quieres que haga? No pienso esperarlos aquí con los brazos cruzados. ¡Esa gente-

El senador alzó un dedo, silenciándola, y se pegó el teléfono al oído—. Dile a Elena que ya está. Te enviaré un mensaje con su ubicación.

—Muy bien, Rafaelito.

El senador colgó satisfecho y se volteó hacia su esposa—. ¿Por qué no puedes confiar en mi?, ¿no he logrado bastante?

Maru entrecerró los ojos—. ¿De verdad lo encontraste?, ¿no le estás mintiendo a ese hombre porque estás asustado y quieres que te dejen en paz?

El senador suspiró acercándose a ella—. Maru, soy el Senador Rafael Vélez, a mí nadie me asusta.

Maru alzó una ceja—. De acuerdo, senador —dijo en tono despectivo—. Si todo está bajo control puede regresar las maletas.

El senador vio a su esposa marcharse y bajó la mirada a las maletas—. ¡Beatriz! ¡lleva esto a la habitación!

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F. Carod

International writer & Life Coach

fer@fcarod.com