Desde el abismo - Capítulo 17

September 10, 2019

 

Damián despertó con un fuerte dolor de cabeza. Los rayos de luz entraban por varios huecos, iluminando la choza. Se levantó estirando los brazos. Sus rodillas tronaron en respuesta a la posición incómoda en la que se había quedado varias horas. Caminó con el cuerpo pesado. El bosque estaba frío, pero atravesando la carretera algunas partes del cementerio se iluminaban con los rayos del sol que dejaba pasar la neblina. 

 

 

En el radio hablaban de recetas de cocina, Damián lo apagó pensando en Raúl e imaginando todo lo que le harían los hombres de Valderrama antes de cortarlo en pedazos para mandárselo a Lucas, y todo el tiempo Raúl sufriendo sin saber lo que había hecho para que lo atormentaran de esa forma. Pensó en la cara de Lucas al ver lo que había llamado un regalo sorpresa. Sí, sería una gran sorpresa darse cuenta de que había torturado y asesinado a su propio hijo, todo para saber que además, era inocente. Ni Miranda ni Zoe habían compartido tan cruel destino a pesar de cumplir con el mismo propósito. Se ajustó el cuello y sumió el pie en el acelerador. 

 

 

 

Raúl seguía dormido cuando Damián llegó al departamento. Decidió que tenía unos minutos, así que se quitó la playera y abrió la llave de la regadera, dejando el agua correr. 

 

Se miró en el espejo, intentando reconocerse. Tras su noche en la cabaña, sentía que no era el mismo. En la sien solo quedaba una pequeña mancha roja. Los moretones que tenía al costado también comenzaban a desaparecer. 

 

Se tomó su tiempo en la regadera. Raúl entraba más tarde así que dormiría un rato más. Se puso unos pantalones de mezclilla y una camisa negra. Sin hacer ruido entró al cuarto de Raúl y tomó las llaves del Renault. Sobre su buró estaba el mapa que le había dado Lucas, con un post it que decía ‘importante’ en mayúsculas. Tomó el papel y se puso la gorra azul que estaba en la silla. 

 

Se subió al Renault y miró hacia el otro lado al pasar por la caseta de la entrada. El guardia alzó una mano sin voltear a verlo. 

 

Damián condujo hacia la casa de seguridad, con el tráfico esperado de un lunes en la mañana. Se metió a un estacionamiento público a unas cuadras de Segurimax y dejó la gorra en el auto. Sacó el papel en dónde Lucas le había dibujado el mapa y lo arrugó. Se bajó del coche y tiró el papel a un basurero a media cuadra.

 

Escuchó una voz familiar, y volteó a ver a Simón entrando a un local de computadoras. Apresuró el paso y entró a la casa de seguridad, mostrando su membresía al guardia.

 

—Buenos días, señor Padilla.  

 

—Agustín, —dijo en forma de saludo, caminando deprisa hacia el interior.

 

Agustín corrió para alcanzarlo. —Estuvimos remodelando algunas zonas. De hecho lo íbamos a llamar esta semana para avisarle que la suya está programada para dentro de un mes, y necesitaremos reubicarlo. 

 

—Eso no será necesario. —respondió bajando por las escaleras de caracol. 

 

—¿Perdón? 

 

—Me pienso mudar. De hecho le quería pedir la dirección de sus locales en el norte del país. 

 

—Tengo la información en la recepción, si gusta de salida se la puedo proporcionar.

 

—Sí, por favor. —Damián esperó a que Agustín abriera las puertas. 

 

—Bueno, ya sabe que si necesita algo estoy al pendiente. Con permiso. —Agustín cerró las puertas una vez que Damián estaba adentro. 

 

 

Abrió la caja 1523 e hizo a un lado las bolsas negras para tomar la maleta plateada. La llenó de lingotes, sin molestarse en escribir cuántos quedaban como lo hacía normalmente.  

 

Salió deprisa y se detuvo frente al escritorio de Agustín. 

 

—Necesito que me envíen lo demás a una dirección. —dijo cargando la pesada maleta. 

 

—Si gusta anotarla aquí. —Agustín sacó un formato. —Y esta es la información de todos los locales de Segurimax. Si gusta puedo reservarle un espacio, solo necesito saber la nueva dirección. 

 

—Lo haré al llegar, gracias. —Damián apuntó la dirección y la fecha en la que quería recibir el resto de sus pertenencias. —¿Lo podría molestar con un taxi? 

 

—En seguida. 

 

Mientras esperaba el taxi, Damián llamó al comprador. 

 

—Tengo que adelantar la transacción.

 

—¿Cuándo? 

 

—Hoy mismo. 

 

—Espera, no he conseguido el dinero de todos mis clientes, —el comprador respondió angustiado. 

 

—¿Tienes la mitad? 

 

—La mitad… sí, creo que sí. Pero necesito un par de horas.

 

—No tengo de un par de horas, ya voy en camino.

 

—Ah, no me hagas esto. Tengo muchos clientes que están esperando.

 

Damián miró al chofer. —De acuerdo te daré hasta las seis.

 

—Llamaré a todos ahora mismo. 

 

Damián colgó y le pidió al taxista que lo llevara al departamento. Sabía que podía darle más tiempo al comprador, de hecho le convenía, pero ahora que sus planes habían cambiado tenía una nueva prisa por terminar con todo.  

 

Raúl caminaba de un lado a otro con una mano en la cabeza y la otra en el teléfono.  

 

—Ya llegó, te marco al rato. Damián, dime que te llevaste el coche, por favor. 

 

—¿De qué hablas? Pensé que estabas trabajando.

 

—Mi coche no está. El guardia dijo que me vio salir en la mañana pero le dije que debías de haber sido tú. 

 

—¿Se robaron tu coche? ¿ya lo reportaste? 

 

—¿En serio no te lo llevaste?

 

Damián miró a Raúl seriamente. —No. Salí a caminar.

 

—¿Saliste a caminar con una maleta? 

 

—La compré de venida. Mira, en esta ciudad no me sorprende. 

 

—Pero tenemos una caseta de seguridad, ¿cómo es posible que se hayan metido? Además, ¿tú crees que alguien entró y solo se llevó las llaves del coche? 

 

—Ya se habían metido a robarme una computadora, ¿por qué crees que no me gusta que dejes la puerta abierta? 

 

—No puede ser, —Raúl vio la hora. —¿qué hago?

 

—Si quieres te puedo llevar al trabajo y me encargaré de reportarlo.

 

—¿Estás seguro?

 

—Sí, vamos. —Damián dejó la maleta en su closet y siguió a Raúl a la puerta. 

 

Raúl se quejó durante todo el camino, había gastado mucho en ese coche, y no se le había ocurrido asegurarlo. 

 

—Pero no te preocupes, —dijo cuando estaba llegando a su destino. —llevaré los papeles que me pediste, para una vez que me pides un favor, —sacudió la cabeza.  

 

—De hecho ya no es necesario, hubo un cambio de planes. 

 

—¿Estás seguro? Me puedo ir en taxi, no quiero que-

 

—No te preocupes, Raúl. De verdad. 

 

Con un suspiro Raúl se bajó del coche. Damián le dijo una vez más que se encargaría de poner una denuncia y le aseguró que lo encontrarían. 

 

 

 

Gina apretó la taza de café intentando calentar su mano. No había podido dormir en toda la noche. Además de los dedos, ahora también tenía el corazón roto. Pero sería muy egoísta quedarse a llorar por su ruptura amorosa. Estaba recargada sobre la barra de la cocina, con la mirada en la servilleta con el teléfono de Raúl. Tenía que hacer algo, advertirlo de alguna forma, pero no sabía cómo hacerlo sin condenar a Damián. Raúl, tienes que salir de la ciudad, no preguntes por qué. Claro, muy convincente, seguro te va a hacer caso. Se mordió el labio pensando en otra opción. Quizá si le contaba lo que había vivido Damián, sentiría un poco de lástima por él. Te quiere matar pero perdónalo. Se golpeó la frente, piensa, ¡piensa!

 

Vio el folder de la doctora, recordando que Damián había estado en su departamento. Intentó abrir el cajón de hasta abajo de la cocina pero estaba trabado. 

 

—¡Mugre yeso, estoy harta! —con un gruñido sacó un cuchillo intentando cortarlo. Sabía que estaba canalizando mal su ira y quizá terminaría arrepintiéndose pero quería quitarse esa cosa. Quince días es suficiente. Dijo en su inútil esfuerzo por quitárselo, quedando más adolorida y con el yeso intacto. Pensó en meterlo en agua caliente. Así seguro podría quitarlo, pero no estaba tan convencida de hacerlo, sabiendo que a la larga sería peor. 

 

Se sentó en el suelo y sopló, controlándose. Ya más tranquila volvió a intentar abrir el cajón. Al lograrlo, encontró el arma que había dejado Valentín. Se sintió aliviada al ver que seguía en su lugar, pero no sabía qué rayos hacía con ella. La tenía guardada ahí porque le había dado miedo deshacerse de ella y que algún vecino la viera, pero ahora comenzaba a pensar que le serviría para defenderse en algún momento. Mensa, tú feliz de que había regresado la chispa a tu vida. Esto es una maldita bomba.

 

 

 

 

Damián ajustó el retrovisor hacia él mismo. —Estás haciendo lo correcto. —pensó en Gina, al menos ella estaría más tranquila con última decisión que había tomado. Le sorprendió que no corriera a llamarle a Raúl. Amaba a Damián, pero no se quedaría cruzada de brazos sabiendo que un inocente estaba a punto de pagar por el error de otro. Quizá debía ir a contarle, antes de que quisiera actuar como una heroína. Un coche le cerró el paso y Damián tuvo que pisar el freno a fondo para no estrellarse.

 

—Qué carajos, —Damián gruñó al ver el Cadillac. —Tú otra vez. —no podía ver hacia el interior, pero Valderrama tenía que estar ahí dentro. 

 

Los coches de atrás comenzaron a tocar la bocina, era una avenida muy transitada y de alta velocidad. Ignorando a los demás conductores, se bajó un sujeto armado del Cadillac, y tocó en la ventana de Damián. 

 

Damián la bajo, irritado. 

 

—Síguenos. 

 

Damián miró por el retrovisor y a los lados. Algunos conductores aún se quejaban, pero al ver al sujeto armado habían dejado de tocar la bocina. No tenía caso manejar en otra dirección. Lo seguirían de cualquier forma. Arrancó el Cadillac, y Damián condujo detrás de él.

 

Damián ignoró las llamadas que entraron. Teresa, Raúl y Lucas. Finalmente se dieron cuenta de que Damián no pensaba tomar la llamada. Lucas envió un mensaje de texto diciéndole que tenía que verlo y que era importante, y Raúl dejó un mensaje en el buzón. 

 

Llámame en cuanto puedas, tengo buenas noticias. 

 

—No es un buen momento, Raúl. —dijo escuchando el mensaje. 

 

Susy o lo que fuera podía esperar. Lo había dejado en el trabajo unos minutos atrás, era imposible que hubiera encontrado el coche. Su plan de llevarlo a pintar y cambiarle de placas se había pospuesto gracias a Valderrama.

 

Siguió al Cadillac hacia una desviación y frunció el ceño al ver que entraban a la carretera hacia Valle de Plata. Si Valderrama lo llevaba para allá era porque había encontrado a Valentín. Probablemente sospechaba de él pero no había forma de que lo supiera con certeza.

 

Damián los siguió hasta el edificio Roble. El Cadillac rodeó el edificio y se estacionó junto al coche de Valentín, confirmando sus sospechas. 

 

Dos hombres armados se bajaron del coche y después Valderrama. Se abrochó el saco y metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Sonrió al ver el coche abandonado y después su mirada victoriosa se siguió al resto del bosque. Dos hombres más se bajaron detrás de él, tenían tipo militar y cara de pocos amigos. 

 

Damián se bajó, y cerró la puerta del Audi sin dejar de ver a Valderrama.

 

Valderrama le hizo una señal a sus hombres y uno de ellos intentó tomar el hombro de Damián, pero Damián sacudió el hombro mirando al hombre con una advertencia. El sujeto no lo volvió a tocar, pero movió la cabeza indicándole que entrara al edificio. Damián miró a Valderrama y a los otros tres hombres, y caminó hacia el interior. 

 

—Esto es un error, Javier. —Damián por primera vez, lo llamó por su nombre. Temía que algo le hubiera pasado a Gina. Ignoró su puerta y siguió subiendo, fingiendo no saber a dónde se dirigían. 

 

—Aquí está bien. —se detuvieron en el piso de Gina. Damián se congeló en el tercer escalón. 

 

—Ábrela. —Valderrama le ordenó a su hombre, sin dejar de ver a Damián.

 

El tipo golpeó la puerta del departamento donde vivía Damián, abriéndola. Valderrama inclinó la cabeza para que Damián entrara. 

 

Le sorprendió que supiera en dónde vivía, pero al menos habían ignorado la puerta de Gina. 

 

El olor a humedad que se percibía en las escaleras, se intensificaba en el departamento. El interior estaba vacío excepto por el viejo sofá que Damián había olvidado regalarle a algún vecino. 

 

Damián miró a su alrededor y alzó las cejas, esperando una explicación. Valderrama se quedó parado frente a él. —¿Me vas a decir lo que estamos haciendo aquí? 

 

—Revísenlo. —Ordenó Valderrama. 

 

Damián alzó la vista mientras el sujeto revisaba que no tuviera armas.

 

—Está limpio. 

 

Damián cambió su peso al otro pie. Impaciente. 

 

Valderrama lo miró entretenido. —¿Cuál es la prisa? 

 

—El departamento está vacío. —uno de los hombres reportó. Valderrama asintió y los cuatro hombres salieron del departamento. 

 

Valderrama abrió sus saco, mostrándole a Damián que estaba armado. —Ahora sí te llevó la chingada, Damián. ¿O debería decirte Manuel? 

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