Desde el abismo - Capítulo 18

September 12, 2019

 

 

Damián intentó relajar los músculos y mostrarse indiferente, como si tuviera el control. Pero había subestimado a Valderrama, y estaba muy consciente del precio que pagaría por ese error. 

 

—Has estado ocupado, Damiancito. —Valderrama miró hacia el techo, incómodo en el estrecho espacio. —Quebrando parques, estrangulando gente, aventándolos de montañas… abriéndoles las muñecas… 

 

Damián lo observó sin mostrar expresión alguna, aunque se sentía como un reo que escuchaba su sentencia de muerte. 

 

—Fue aquí, ¿verdad? —Valderrama frunció el ceño buscando la puerta del baño. Después sonrió y miró a Damián. —No te voy a mentir. Le costó a mi gente averiguar quién eras, y por mi confianza en Lucas, estuve a punto de dejar el tema por la paz.

 

Deslizó el arma entre sus dedos, caminó hacia la cocina y comenzó a abrir las puertas y cajones. —Pero siendo un hombre de información, te imaginarás mi incomodidad al comer contigo sin tener ni puta idea de quién chingados eras, y encima de todo me desafías. 

 

Damián no había escuchado el motor del Cadillac, los cuatro hombres seguían en el edificio. Pensó en atacar a Valderrama, era un tipo alto y fuerte pero sin el arma sería fácil derribarlo, después de todo tenía a sus hombres para que pelearan por él. Se sentía confiado porque era intocable. Si algo le pasaba a Valderrama, comenzaría a correr una bomba de tiempo. Sus hombres lo buscarían hasta por debajo de las piedras y estaría en una bolsa al fondo del mar antes del fin de semana.  

 

—Aunque eso ya lo olvidé. Eso ya lo arreglamos, es cosa del pasado. Pero después me llega la información —Valderrama cerró los cajones sin encontrar nada—. El hijo de la loca del valle. La puta con la que Lucas se acostó hace, ¿qué? ¿veinticinco? ¿veintisiete años?  

 

Damián apretó los puños. 

 

—Así es, Damián. Sé todo sobre ti y tu sublime plan de venganza. Algunas cosas estaban muy claras, otras fueron resultado de una obvia deducción. 

 

Un ruido en el pasillo hizo a Damián mirar hacia la puerta. Uno de sus hombres debía estar afuera. 

 

—Lo que pasó con Córdoba fue una lástima. No puedes imaginarte mi decepción al escuchar que Manuel Padilla, tú, nos habías hecho esto. —suspiró, —Lucas ha sido un gran idiota por confiar en ti, y casi estoy tentado a dejar que te salgas con la tuya para que se le quite lo imbécil.

 

Valderrama sacó el celular de su pantalón. —¿Hay algo que  necesites corregir? ¿me equivoqué en mi diagnóstico? ¿o prefieres hablar con él directamente? Sé que ustedes dos tienen mucho de qué hablar. 

 

Damián dio un paso hacia él. —Cuando te desafié, supe con quién me estaba metiendo. Espero que hayas hecho bien tu tarea y tú también lo sepas.  

 

Valderrama sonrió alzando las cejas. —no sé si eres increíblemente valiente o increíblemente estúpido. —dio un paso atrás, —mira, esto es lo que haremos, primero hay que avisarle a papá, ¿verdad? —después de una pausa continuó, —después de divertirme contigo, voy a regresarle a Lucas el dinero que le quitaste, y para terminar voy a ir eliminando uno por uno de la lista de tus conocidos, ¿qué te parece? Podríamos empezar por tu vecina de en frente.   

 

—Desgraciadamente tengo otros planes. 

 

—Te diré un secreto. —Valderrama bajó la voz y alzó el arma. —Mi plan B es acabar contigo aquí y ahora, y dejar que Lucas se conforme con tu cabeza. 

 

Estás alardeando. 

 

—Demasiada plática. Dime en dónde está. 

 

—¿Qué? 

 

—El dinero. Sé que compraste una cantidad importante de oro. ¿En dónde está?  

 

Damián no pudo contener una carcajada,  —¿crees que lo guardé aquí? ¿por eso me hiciste venir hasta acá? 

 

Valderrama perdió la sonrisa, presionando el arma contra la frente de Damián. —No juegues conmigo, cabrón. ¿En dónde chingados está? 

 

Damián entrecerró los ojos, considerando la alternativa y recuperando el control de la situación. —Te haré un trato. Me dejas a Lucas, te quedas el oro. 

 

—¿Qué te hace pensar que haría un trato contigo? 

 

—Esto nunca se trató de lealtad, no quieres regresarle su dinero a Lucas, te quieres quedar con él. Ese hombre para ti no significa nada, para mi el oro no significa nada. Déjame ir y te diré en dónde está. 

 

—Mi opción es más atractiva. Dos de mis hombres están por subir, te llevarán al edificio que puso Lucas a tu nombre y jugarán contigo unas horas, o días, hasta que me digas en dónde lo guardaste. Te vas a quebrar, Damián. Y una vez que lo hagas, llamaré a Lucas para que él mismo termine con lo que quede de ti. 

 

—Puedes intentarlo.

 

Valderrama lo miró fijamente, pensando. —Ok. Muy bien. Tienes razón, todo esto puede resultar en una gran pérdida de tiempo. Tal vez no he sido muy claro. Te recuerdo que soy un hombre de información, aún si no hablas, tarde o temprano me voy a enterar en dónde está el oro, y no tengo prisa. —alzó el arma y puso el dedo en el gatillo, —tú, por otro lado. Ya estás muerto.  

 

La puerta se abrió seguida por varios disparos al aire. Valderrama alzó el arma instintivamente para regresar el fuego pero una de las balas aterrizó en su cabeza. Cuando Damián bajó el brazo, vio a Gina temblando en la puerta, con los ojos abiertos de par en par sosteniendo la pistola de Valentín. Seguía apretando el gatillo aunque se había quedado sin balas. 

 

Damián reaccionó de inmediato y tomó el arma que Gina apretaba con fuerza. Antes de escuchar los pasos que subían corriendo la escalera, Damián ya la había tomado de la mano y se apresuraba a la azotea. 

 

—Vamos, vamos, —susurró Damián, llegando a la escalera de emergencia. 

 

La escalera estaba floja y oxidada, quizá se haría pedazos en cuanto pusieran pie en ella, pero en cualquier momento llegarían cuatro sujetos armados y con certeza les dispararían al verlos. 

 

—Gina, —susurró Damián, pero Gina seguía en shock. —por favor, —Damián presionó, escuchando los pasos de ellos arriba. 

 

—¡Ve a la salida y llama a Constantino! 

 

Gina parpadeó un par de veces al escuchar la voz tan cerca y se orientó como si acabara de despertar. Siguió a Damián por la débil escalera que se movía como si quisiera quitárselos de encima. Si antes el yeso le había molestado, ahora sí se había vuelto en un obstáculo. Damián brincó a la mitad, y en el antepenúltimo escalón ayudó a Gina a bajar. 

 

Los dos se agacharon cuando escucharon un disparo seguido de otro, y de otro. Un hombre les disparaba desde la azotea y otro estaba saliendo del edificio. Ni siquiera la niebla del valle lograba ocultarlos. 

 

—¡Vivos, cabrón! —gritó el de abajo. —¡Pero que no se escapen! 

 

 

Sin detenerse a investigar en dónde estaban los otros dos, Damián jaló a Gina a su coche. Al abrir la puerta, pasó una bala muy cerca de él, haciendo que la ventana se hiciera pedazos. Damián arrancó dejando las llantas marcadas y una gran nube de polvo. 

 

—¿Estás bien? ¿no te dieron? —preguntó atemorizado, viendo a Gina de pies a cabeza. 

 

Gina sacudió la cabeza negando, pero fue incapaz de pronunciar palabra. 

 

Damián manejó deprisa, revisando constantemente el retrovisor. Unos minutos después volteó a verla. Gina miraba hacia el frente sin parpadear. 

 

—Maté a ese hombre. 

 

Damián apretó los labios, y puso una mano en su rodilla. 

 

—¡Te maté! Digo, ¡te salvé! Y ¡maté a un hombre! Ay Diosito, perdóname por favor-

 

—Está bien. 

 

—¡¿Está bien?! ¡¿está bien?! ¡está bien para ti! 

 

Al ver por el retrovisor, Damián distinguió unas luces que se perdían en la niebla. 

 

—Puta madre. 

 

—¡Ay santísima madre de Dios! No, tal vez no lo maté, tal vez se salve. 

 

Sí, seguro está dormido. Damián giró el volante bruscamente. Gina tuvo que agarrarse del tablero para no caer sobre Damián. 

 

—¿Qué haces? ¿a dónde vamos?  

 

—Nos están alcanzando, necesitamos detenernos.

 

—¡Ay! ¡nos van a matar! —Gina pensó que había salvado a Damián, pero en realidad había cavado la tumba de los dos. 

 

—Gina, necesito que te controles. Nadie puede saber lo que acaba de pasar allá atrás.  

 

 

El coche brincaba con cada piedra y hueco. Damián solo cruzó los dedos para que todos los neumáticos sobrevivieran. Si no había calculado bien la distancia, la nube de polvo alertaría a los hombres y los alcanzarían en cualquier momento. 

 

Damián dejó el Audi entre los árboles y después de un momento decidió que el Cadillac no había entrado por esa brecha. 

 

—No hay nadie, ¿qué hacemos? —Gina vio el coche con los huecos que dejaron sus armas y miró hacia el sendero, esperando que apareciera el coche con ellos disparando. 

 

Damián tomó una roca y golpeó el candado hasta que se partió. —Vamos, —esperó a que Gina pasara y cerró la puerta. 

 

—Quítame esto, quítame esto. —dijo viendo el yeso.  

 

—¿Para qué? Tranquila. —Damián puso las manos sobre sus hombros y la guió hacia la rústica banca. —Respira.

 

Los ojos de Gina se inundaron, —escuché ruidos en tu departamento y ya me conoces, fui de metiche y escuché tu voz, y la voz de ese tipo que te iba a matar. —las lágrimas comenzaron a caer, —te iba a matar, Damián. —puso el brazo alrededor de Damián y pegó la cabeza a su pecho. —no podía dejar que eso pasara. 

 

—Lo sé. —Damián suspiró y le dio un beso en la cabeza. —lo sé. 

 

—¿Y ahora qué vamos a hacer? 

 

Damián se hizo para atrás para verla. —Vamos a salir de esta. 

 

—Soy una asesina.

 

—No eres una asesina. Gina, hiciste lo que hiciste porque querías salvarme. 

 

—¿Qué importan las intenciones? Lo que hice es lo que cuenta. 

 

—Las intenciones lo son todo. ¿Me escuchas? Tú no eres una mala persona. Nunca lo dudes. 

 

Gina asintió ante la firmeza de Damián. —¿qué vamos a hacer? 

 

—Esperar. 

 

—¿A qué? ¿quién era ese hombre? ¿Lucas? 

 

—No. 

 

—¡¿No?! ¿entonces quién era? 

 

—Javier Valderrama. El socio de Lucas.

 

—¿Por qué te quería matar su socio? ¿supo que estabas detrás de Lucas? Escuché algo del oro. ¿Ibas a hacer un trato con él? 

 

—¿Con ese pedazo de mierda? No. Solo estaba haciendo tiempo.

 

—¿Para qué? ¡¿para que te metiera una bala entre las cejas?! 

 

—Valderrama no iba a dispararme. Lo estaba provocando para que llamara a sus hombres y terminara lo que había venido a hacer. 

 

—¿Y eso era? 

 

—Secuestrarme.

 

—Ah no, pues sí. Buen plan, Damián. Buen plan. —se levantó y caminó de un lado a otro, —y yo pensando que eras un hombre malo. Los hombres malos piensan y tienen ventaja. ¡No van por ahí dejándose secuestrar para que los torturen y maten!  

 

—Creo que sigues en shock. 

 

—¡¿Cuál era tu plan?! —Gina se detuvo frente a él. —dejarte secuestrar, ¿y luego qué? 

 

—Valderrama iba a llamar a Lucas, y de una forma u otra, habría puesto fin a lo que empecé.

 

—Pensé que querías matar a Lucas, no dejar que él te matara a ti. 

 

Damián miró a Gina confundido. Nunca la había visto asustada, era una parte de ella que no conocía. Se paró y rodeó la recepción, buscando el grotesco líquido que le había ofrecido Arturo. Al encontrar la botella llenó la taza que parecía estar limpia.

 

—No iba a intentar matar a Valderrama sin deshacerme de sus hombres. Toda la maldita ciudad me estaría buscando. Tenían que desaparecer todos. Pensaba hacerlo mientras me llevaban al edificio Martín.  

 

Gina se quedó en silencio, dudando si realmente había salvado a Damián o la había regado.  Damián le ofreció la taza. 

 

—¿Por qué te estaría buscando toda la ciudad? ¿quién es Valderrama? 

 

—Bebe esto, te sentirás más tranquila. —Gina tomó el vaso. —Es un tipo importante, dejémoslo así. 

 

—¿Importante de toda la policía me busca? O importante de todos los mafiosos me buscan. —bebió un sorbo e hizo un gesto de asco, pero continuó bebiéndolo hasta que la taza quedó vacía. 

 

Los dos, pensó Damián. —No importa quién te busque, yo no voy a dejar que te encuentren. 

 

Gina asintió, pero el miedo regresó a sus ojos. —Entonces, ¿qué haremos? ¿nos vamos a quedar aquí hasta que se le olvide a todo el mundo? ¿no va a llegar el dueño en cualquier momento? 

 

—No nos vamos a quedar. —Damián se asomó por la puerta. —De hecho es hora de irnos. Ya deben estar muy adelante. 

 

—¿En serio nos vamos? 

 

—Tenemos que salir del país. Irnos muy lejos. 

 

—¿Del país? No, no, no. Tengo la cita con el médico, y luego está la feria…

 

—Gina, 

 

—¿Y tu plan? ¿todo lo que querías hacer? —Gina vio la taza vacía. ¿Qué tenía eso que le estás recordando que tiene que ir a destruir a alguien? 

 

—Esos hombres te vieron. Si me quedo te estaría condenando. 

 

—¿Dejarías todo por mi? ¿lo que has buscado toda tu vida? 

 

Damián hizo la cabeza hacia atrás. Hasta ese momento se dio cuenta de cuánto realmente quería a esa mujer. —Supongo, porque es exactamente lo que voy a hacer. 

 

Al llegar al final de la carretera, su teléfono recuperó la señal y una voz en el coche le aviso que tenía dos mensajes de voz.

 

Guey ya no me hablaste, pero te quería decir que encontré el coche. Simón lo vio en un estacionamiento como a una hora de- Espérame, tengo a un idiota en una camioneta defenseandome… ¡No mames! ¡Me acaba de pegar! ¿Cuál es su pinche- 

 

—¡Raúl! Lo olvidé por completo. —Gina exclamó al escuchar su voz por las bocinas. —¿qué le pasó? ¿por qué se cortó el mensaje? Damián qué-

 

—No, cancelé todo. Te lo iba a decir pero ya no me dio tiempo con todo el desmadre de Valderrama. Él debe estar bien, seguro era un idiota al volante, eso es todo. —le regresó la llamada sin estar seguro de lo que estaba diciendo. Contesta Raúl, contesta. 

 

El teléfono de Raúl lo mandó a buzón. La voz computarizada la avisó nuevamente que tenía mensajes sin escuchar. Damián sintió un nudo en el estómago mientras lo reproducía. 

 

¡Damiano! 

 

—Ese es Lucas. —Damián habló en voz baja y miró hacia delante, —así me dice cuando está muy jarra.  

 

Te tengo noticias, adelanté la fiesta. ¡Estaba hasta la madre de esperar! 

 

Gina y Damián escucharon confundidos el sonido de una botella rompiéndose. 

 

 Encontré a Manuel Padilla. Ya mis hombres lo están calentando para cuando llegue. Alcánzame en las bodegas cabrón, no te me vayas a abrir. No te puedes perder esto.

 

Damián vio la hora del mensaje. Se lo había enviado dos horas atrás. Marcó el número de Lucas. Por favor que ya haya llegado.

 

Lucas respondió después de tres tonos. —¡Hasta que te reportas, cabrón! 

 

Damián lo escuchó sobrio. —¿Qué pasó? ¿qué hiciste? Sonabas bastante tomado en tu mensaje.  

 

—Sí, estuve bebiendo pero ya estoy bien. 

 

—Lo que dijiste en el mensaje- 

 

—Estaba encabronado, Damián. Pero está bien. No tiene sentido seguir esperando. No soy un hombre paciente.

 

—Tienes al hombre incorrecto. ¿Estás ahí ahora? —escuchó a Lucas cerrando la puerta de su coche. 

 

—Te aseguro que es él. Mis hombres me mandaron una foto del vehículo y las placas. Yo ya voy para allá, te mandaría una foto al llegar, pero no sé si el guey todavía esté reconocible. —Lucas rio. 

 

Damián golpeó el volante. —Lucas, tienes al hombre incorrecto. Llama a tus hombres. 

 

—¿Por qué estás tan seguro? ¿no me diste tú las placas y el vehículo? El tipo aseguró que era de él. 

 

—¡Solo llámalos!

 

—No. Es hora de dar el mate. 

 

—Lucas, el hombre que tienes ahí es tu- 

 

Lucas colgó el teléfono antes de que Damián pudiera terminar la oración. 

 

—¡Me lleva la chingada! 

 

Damián volvió a llamar pero Lucas había apagado su teléfono. 

 

—¿Qué pasa? ¿qué significa eso? ¿Existe Manuel Padilla? Pensé que era un cantante, y que tú te habías puesto así cuando entraste a esa casa para niños, ¿a quién tiene Lucas? 

 

Damián se estaba acercando a la desviación y aún no estaba seguro de a dónde ir. —Necesito llevarte a un lugar seguro. Pero el departamento no es una opción. —rebasó un camión haciendo que el coche de al lado se saliera del camino. 

 

Gina lo vio reincorporarse por el espejo. —¿Por qué no? ¿no está ahí Raúl? Dijiste que él estaba bien. 

 

—Confía en mi. —Damián tenía la esperanza de que Lucas viera a su hijo y los detuviera antes de que fuera muy tarde, aunque en ese momento sabría que Damián lo engañó.Quizá hoy me tocaba morir de todas formas. 

 

—Te acompaño.

 

—Ni loco voy a dejar que vengas. —siguió cambiando de carril, esquivando el tráfico. 

 

Gina lo miró, preguntándose para qué rayos lo acompañaría. —¿Un hotel? 

 

—Es el primer sitio en dónde buscarán. 

 

Gina se mordió el labio. —Ok, ya sé a dónde podemos ir. Métete a la derecha, vamos hacia donde te dejé la otra vez. 

 

Damián pisó el acelerador con el tiempo encima. No solo Raúl estaba en peligro, los hombres de Valderrama estaban buscándolos en ese momento. 

 

 

 

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El ruido que hizo un objeto de metal al caer al piso lo hizo alzar la cabeza. Recordó cuando lo bajaron del coche y lo metieron a una camioneta blanca. Al principio pensó que se trataba de una broma, pero la tortura empezó desde el trayecto, y al llegar a ese lugar las cosas habían empeorado. Le habían quitado los zapatos y la playera. La mordaza era innecesaria, no había nadie a muchos kilómetros que pudiera escucharlo. Los golpes le habían llovido y con las manos atadas no podía defenderse. El último lo había dejado inconsciente, y la tortura no parecía terminar.  

 

La silla siendo arrastrada hizo eco en las paredes, y algo frío cayó al suelo rebotando junto a sus pies. 

 

—Ya estás ciscado muchacho, tranquilo. —dijo la voz. 

 

Raúl solo pudo ver su silueta a través de la bolsa que tenía en la cabeza. 

 

—Quítasela. —escuchó decir a otro.  

 

Raúl abrió el ojo que no estaba hinchado. La luz de un reflector lo hizo arrugarlo, —Mmmm.  —se quejó abriendo bien el ojo, al ver que eran unas pinzas y un bisturí lo que había caído al suelo. 

 

—¿Qué? —el hombre se puso una mano en la oreja, acercándose a escuchar. —¿qué dijiste? ¡Ay! Pero qué estúpido, ¿cómo vas a hablar con eso? —le quitó la mordaza con una carcajada. 

 

Raúl inhaló intentando llenar sus pulmones de aire. Sus manos estaban atadas detrás de la silla. Su cara no había sido el único blanco de ese calcetín que escondía piedras en el interior. Su pecho estaba lleno de moretones y de una cortada en el abdomen corría sangre hacia sus pantalones de mezclilla. 

 

—¿Qué decías?

 

—Esto es un error, yo no hice nada, se los juro, yo no soy nadie. 

 

—Eso dicen todos, Manuelito. —el sujeto con la chaqueta de cuero giró el calcetín como si fuera a arrojarlo. 

 

—Ni siquiera conozco a ningún Manuel, —Raúl dijo entre lágrimas. 

 

—Eso acláraselo al jefe. Nosotros no estamos aquí para escuchar tu confesión. Estamos aquí para otras cosas. —lanzó el calcetín con fuerza hacia los dedos de sus pies. 

 

—¡Por favor! —se dirigió al otro sujeto, el que se acercaba con el bate que aún escurría la sangre de Raúl. —Déjenme ir, ¡yo no hice nada! 

 

—¿Qué tal si empezamos a hacer unos cortes? —el tipo soltó el calcetín, y caminó hacia un costado de la bodega. Se paró frente a un tablón lleno de todo tipo de utensilios para cortar. —la pregunta es, ¿empezamos por los dedos de la mano? ¿o del pie? 

 

—¡No! ¡No! ¡Se los suplico!

 

El tipo que sujetaba el bate caminó hacia la camioneta, abrió la puerta y encendió el radio a un volumen que hizo vibrar las bocinas. —ahora sí. Que empiece la fiesta, ya estoy listo para partir la piñata. 

 

De nada le sirvió a Raúl gritar hasta quedar ronco. Entre el bate de uno y los puños del otro, no quedaba una parte de su cuerpo que no fuera tocada por un violento golpe. Tenía los ojos cerrados y el dolor era tan insoportable que no sabía si realmente habían comenzado a cortarlo.  Pensó en Damián, en Susy y en sus amigos. No sabía qué había hecho para terminar ahí pero deseó quedar inconsciente, deseó que llegara el final aunque no despertara nunca. 

 

 

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Damián se orilló sin apagar el coche. El exesposo de Gina salió de debajo del Datsun que intentaba reparar. 

 

—¿Qué estás haciendo aquí? Me debes una ventana. 

 

Gina abrió la puerta pero de pronto la invadió la ansiedad de no volver a verlo. 

 

—¿Estás segura de quedarte aquí? 

 

—¿Quedarte? No, ni se te ocurra-

 

—Por favor ten mucho cuidado, si esos sujetos te encuentran… —Gina ignoró a Lázaro. 

 

—¿Qué sujetos? —preguntó Lázaro, aún más irritado. —¿Qué chingados es esto? 

 

—Toma, —Damián sacó una tarjeta y escribió algo, —por si no regreso. Se fijó en el retrovisor para asegurarse de que nadie los hubiera seguido. 

 

—No, no Damián, 

 

—Solo es precaución. —Damián insistió en que la tomara. 

 

—¿Gina? —Lázaro alzó las cejas sorprendido de que los dos lo ignoraran. 

 

Gina vio la tarjeta de la casa de seguridad con una clave bajo el nombre de Manuel Padilla.

 

—¿Puede alguien explicarme que rayos está pasando? ¡No! ¿Saben qué? Olvídenlo, no me interesa saberlo, ¡solo lárguense! 

 

Gina alzó un dedo, y vio fijamente a Lázaro —Soy una mujer peligrosa, ¡Díselo Damián! No me vengas con pendejadas ahorita. Me voy a quedar aquí un momento y tú, muy amablemente me vas a invitar a pasar a tu casa y me vas a preparar un té que tanta falta me hace, ¿me entiendes? 

 

Lázaro miró sorprendido a la mujer que estaba frente a él. En tantos años de conocer a Gina, nunca le había hablado de esa forma.

 

—Pon el seguro. Te veo después —Damián vio a Lázaro hacerse a un lado boquiabierto. 

 

Gina miró a Damián, llena de preocupación y súplica. —Más te vale. 

 

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