Desde el abismo - Capítulo final

September 19, 2019

 

Se dibujaron líneas doradas en la autopista con los primeros rayos del sol. 

 

Lucas aún tenía el dedo en el gatillo. Damián se había imaginado celebrando ese día, pero el sentimiento era muy distinto ahora. Su victoria estaba vacía. Llevaba varias horas junto al cuerpo de Lucas. Como si alguien pusiera un álbum de fotos en su mente, comenzó a revivir algunos momentos juntos. Sentados en reuniones que no parecían terminar, visitándolo en su oficina en el parque, comiendo juntos en todo tipo de bares y restaurantes, hasta el día que le dio las llaves del Audi. Y aunque estaba lejos de arrepentirse, una parte de él no pudo evitar sentir lástima por aquél sujeto que tanto daño le hizo sin siquiera darse cuenta. 

 

Caminó de regreso al hospital, en donde le informaron que Raúl se recuperaría. Desde ahí pidió un taxi y regresó a la bodega en dónde estaba el Audi.

 

Se dirigió al Porsche de Lucas y sacó un billete con el que le pagó al taxista. Después sacó su teléfono del Audi. No pensaba moverlo con el cristal roto y los impactos de bala, sobretodo ahora que no tenía tanta prisa. La policía y los hombres de Valderrama estarían buscando ese coche. Regresó al Porsche y se acomodó en el asiento. 

 

—¡Qué bueno que me llamas! Pensé que te habías arrepentido. —El comprador estaba feliz de escucharlo. 

 

—Disculpa, tuve un inconveniente y ya no pude ir, pero estaré ahí a la una.

 

—Muy bien, aquí te espero. Reuní la cantidad completa así que trae todo. 

 

—Perfecto. —Damián colgó, y condujo con la mirada perdida. ¿Qué te pasa idiota? Deberías estar feliz. Se dijo mientras conducía lentamente por una calle transitada. 

 

Imaginó a su mamá, intentando recordar algún momento en donde ella estuviera realmente feliz pero se conformó con recordar esa mirada en donde le hacía saber que lo amaba. Ya está hecho, mamá. Descansa. Le hubiera gustado ir a su tumba a decirle que Lucas había pagado por lo que le había hecho, pero no tenía tiempo, aunque en ese momento parecía estar a salvo, la gente de Valderrama no se detendría hasta encontrarlo. 

 

Se estacionó en la casa que había visitado el día anterior y antes de bajar del coche, Gina ya estaba corriendo a recibirlo. Damián la alcanzó en la banqueta, y la alzó en sus brazos cerrando los ojos incapaz de contener la felicidad de tenerla otra vez. 

 

Gina puso sus brazos alrededor de su cuello. —¡Compraste un coche! 

 

Damián la miró a los ojos sin bajarla al suelo. Una lágrima rodó por la mejilla de Gina. 

 

—¿Mal chiste? Ay Damián, pensé que nunca te volvería a ver. 

 

Damián suspiró y la apretó contra su pecho. Con una sonrisa la bajó y la miró de arriba a abajo como si quisiera asegurarse de que nadie la hubiera atacado. Notó que el yeso había desaparecido. 

 

—Lázaro me ayudó. 

 

Lázaro estaba recargado en la puerta cruzado de brazos. Al escuchar su nombre sonrió. 

 

—No sabía si iba a tener que ir a algún lado a defenderte y no lo podía hacer con una sola mano. —continuó explicando Gina. 

 

Damián le besó la mano, sonriendo. —esa fue una pésima idea. 

 

—¿Ya nos vamos? —Gina no pudo evitar asomarse hacia la calle, buscando un coche lleno de sujetos armados. 

 

Damián asintió. 

 

—¡Invítala a salir! —Gina le gritó a Lázaro, mientras se metía en el coche. 

 

Damián apretó los labios y asintió, Lázaro sacudió una mano en despedida.

 

—Parece que están en buenos términos.

 

—Hablamos mucho.

 

—No decidieron darle otra oportunidad al matrimonio, ¿verdad? 

 

Gina sonrió de oreja a oreja, —¿y dejarte ir? No, no, no. Jamás. 

 

Damián sonrió mientras aceleraba en dirección al departamento. 

 

Gina se preguntó si hablaría sobre lo que había pasado. Ni siquiera estaba segura de querer saber. 

 

—Raúl se pondrá bien. 

 

—¿Qué le pasó?

 

—Lo llevé a un hospital. 

 

—¿Sabe quién eres? 

 

—Sí. 

 

Gina asintió, no necesitaba saber más. Si Raúl había terminado la amistad, Gina no lo culparía. Si ella misma no estuviera perdidamente enamorada de ese hombre, quizá se habría alejado de él.

 

—¿Qué piensas? 

 

Gina alzó las cejas, —nada que- —respiró. —hace calor, pensaba en ir a nadar. 

 

Damián rio, —creo que esa fue una buena mentira. 

 

Gina rio también. —¿A dónde vamos? 

 

—Tengo que hacer un par de cosas antes de irnos. 

 

—¿Irnos a dónde? 

 

Damián la miró y guiñó un ojo sin decir nada. 

 

Gina no quería regresar a Valle de Plata, no después de lo que había hecho la última vez que estuvo ahí, pero quizá era hora de regresar a casa. No podía ser tan malo si Damián iba a estar a su lado. 

 

Damián estuvo pendiente del retrovisor durante todo el camino, pero en ningún momento hubo señal de que lo estuvieran siguiendo. Llamó a Simón y Mateo, para decirles que Raúl estaba en el hospital del norte, pero no les dio más explicación. 

 

Al llegar al departamento, Damián le pidió a Gina que lo esperara mientras él se encargaba de su pendiente con el comprador. 

 

Gina se tiró en el sofá, feliz de que todo hubiera terminado. Damián se veía bien. No tenía un hueco en el cuerpo, así que lo que hubiera pasado ya podía quedarse atrás. 

 

El timbre la sorprendió. Si Raúl estaba en el hospital y Damián no regresaría en unas horas, debían ser los hombres del sujeto que había matado los que estaban del otro lado de esa puerta. 

 

Con un tenue dolor en los dedos, Gina se asomó por la mirilla. Dos hombres vestidos de traje intercambiaban palabras y tocaron a la puerta otra vez.

 

Se tapó la boca, nerviosa, pidiendo en secreto que se fueran, pero los sujetos siguieron insistiendo. 

 

—Señor Manuel Padilla, somos de Segurimax, venimos a entregar su pedido. —

 

Gina arqueó las cejas y sacó la tarjeta que le había dado Damián. Segurimax, leyó. 

 

—¡Un momento! —gritó, mientras decidía qué hacer. —Con un suspiro abrió la puerta, sin quitar el pasador. —¿Hola? 

 

—Buenos días, buscamos al señor Manuel Padilla.

 

—No se encuentra. 

 

—Nos dio esta dirección, —el señor intentó entregarle un formato por la rendija. Gina lo tomó. 

 

El sello en la hoja era el mismo que la tarjeta, así que Gina se relajó un poco, abriendo la puerta. 

 

—Con permiso. —Los hombres metieron cuatro maletas pesadas y le pidieron a Gina que firmara antes de irse.

 

Gina no se atrevió a mirar lo que había dentro de las maletas, pero pasó todo el tiempo intentando adivinar lo que había en el interior. Le pasó por la cabeza todo tipo de respuestas, desde dinero hasta el cuerpo de alguna víctima de Damián. Finalmente se preparó un té y esperó en el sofá a que Damián regresara. 

 

 

 

—Esta es nuestra última transacción. —Damián le dijo al comprador al intercambiar maletines. 

 

—¿Todo bien? 

 

—Planeo mudarme. Pero quizá en un futuro te contacte. 

 

El comprador asintió. Damián abrió la maleta negra y comenzó a contar los fajos de billetes. 

 

—¿Ocho millones?

 

—Ocho millones. —le confirmó el comprador. 

 

Un rato después, Damián asintió y cerró la maleta. —Está todo. 

 

Caminaron hacia la puerta, ambos satisfechos con el negocio. 

 

—Pues te agradezco mucho… —sonrió, estrechando su mano, —nunca supe tu nombre. 

 

—No. —Damián sonrió también, y caminó hacia el coche.

 

 

En el trayecto recibió la llamada de Segurimax. Acababan de entregar el pedido. Agustín le recordó los sitios en dónde podía encontrar más locaciones de ellos, y tras agradecerle, Damián colgó el teléfono sabiendo que nunca más requeriría sus servicios. El oro ya había encontrado un hogar permanente. Después de todo, Lucas le debía una gran herencia a Raúl después de tratarlo como mierda toda su vida. 

 

Gina brincó asustada cuando Damián abrió la puerta del departamento. 

 

—Alguien está nerviosa. 

 

—Te trajeron esto. —dijo inclinando la cabeza hacia las maletas. 

 

—Cosas de Raúl. —Damián sacudió una mano, —¿estás lista? 

 

—Supongo. —Gina arrugó la nariz pensando en el valle, pero la ciudad tampoco era su máximo. 

 

En lugar de tomar la autopista, Damián siguió hasta la salida al aeropuerto. 

 

—¿De quién es este coche? 

 

—De Lucas. 

 

—¿Está vivo? —Gina se atrevió a preguntar finalmente. 

 

—Yo no lo maté. 

 

—Ya sé, ya sé, se cayó. 

 

Damián sabía que parecía un lunático pero no resistió la carcajada. Gina sacudió la cabeza sonrojada. 

 

—Sí tienes un lado oscuro después de todo. 

 

—Debo de tenerlo si no, no estaría aquí contigo. —Gina alzó una ceja.

 

Damián asintió. 

 

—¿Aeropuerto? —Gina alzó las cejas al ver que se metían en la curva. 

 

Damián buscó algo en su celular y se lo pasó a Gina. 

 

—El avión aterrizará en Alaska, ya veremos como llegamos a ese pueblo. 

 

Gina vio sorprendida los pases de abordar para un vuelo que saldría en veinticinco minutos. 

 

—¿De verdad nos vamos? 

 

—¿Tienes algo pendiente? 

 

—No. ¿Y tú? 

 

Damián lo pensó durante un instante y después sacudió la cabeza. —No. Ya terminé. 

 

Al salir de la curva pudieron ver el aeropuerto. Damián se desvió hacia la primera terminal. 

 

Se estacionó frente a las puertas, sin importarle lo que le pasara al coche. Miró por última vez hacia la carretera, nadie los había seguido pero había una silueta extraña al frente. Damián se sintió agitado al ver a Carolina, pero la figura frente a él no le transmitía miedo, solo serenidad. En un instante se disolvió frente a él, y Damián supo que no volvería a verla.  

 

Gina lo miró esperanzada. 

 

—¿Sabes, Gina? Estás a tiempo de decidir algo distinto. Podrías ir a Alaska, o a cualquier parte del mundo y con una sola palabra yo me iré al otro extremo. 

 

—Alaska no sería lo mismo sin mi ángel caído. —Gina se paró en la punta de los pies para besarlo y Damián pegó sus labios a los de ella. 

 

—¿Estás completamente segura de querer pasar el resto de tu vida al lado de un sociópata? 

 

—¿Es esa una propuesta de matrimonio?

 

Miró a Gina con curiosidad. No podía creer que aún sabiendo todo lo que había hecho, podía seguir confiando. Bajó el rostro hasta tocar sus labios nuevamente.

 

Aunque sabía que Valderrama tenía una cantidad importante de hombres buscándolo, tenía que creer que no los encontrarían, al menos no en esta vida. 

 

Caminaron deprisa hacia la puerta de salida. Sin detenerse, arrojó la identificación de Manuel Padilla a un basurero y tomó la mano de Gina como dos lunamieleros que estaban a punto de comenzar una nueva vida. Quizá al morir se iría al infierno. No creía en eso, pero le daba lo mismo, de alguna forma tenía que pagar por lo que había hecho. Quizá sus mismos pecados habían sido el castigo. No lo admitiría en voz alta, pero era cierto que nunca olvidaría la sensación de acabar con una vida. De cierta forma, en cada víctima había dejado una parte de él y nunca podría estar completo del todo. 

 

Miró a Gina, caminando alegre y ocultando el dolor de la mano mientras pasaban por las revisiones. Tal vez no había lanzado ningún boomerang, tal vez llevaba dieciocho años viviendo bajo el humo de una fuerte explosión que había resultado en muchas bajas. Pero Damián había sobrevivido, y después de haber pasado toda su vida en un hoyo negro que parecía no tener fin, ni siquiera la neblina del valle le arrebataría ese nuevo sentimiento del que le había hablado a Lucas: esperanza.  

 

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F. Carod

International writer & Life Coach

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