Desde el abismo - Capítulo 16

September 7, 2019

 

Damián frenó al ver a Gina a la mitad del camino. Gina alzó una mano, y apretó los labios, sintiendo que la habían cachado. No sabe a dónde fuiste. Cálmate. No pudo evitar sentirse nerviosa, sabiendo que Damián había matado a la doctora.  

 

En lugar de orillarse para dejarla subir. Damián se estacionó y se bajó del coche. 

 

—¿Caminamos? 

 

Ay no, como con Valentín. Estoy muerta. Gina asintió intentando sonreír.

 

Damián miró hacia el largo trayecto que había recorrido Gina sobre la carretera. Era lógico de dónde venía. —Debes estar cansada, pero si no te importa, aquí arriba está mi lugar favorito. Podemos platicar ahí. 

 

—De hecho sí estoy algo cansada, —contestó Gina, aunque Damián ya había comenzado a caminar. —Agh, —se quejó pero lo siguió. —¿no prefieres que vayamos al restaurante? ¿O a cualquier lugar público?

 

Damián sonrió y estiró una mano. Gina se sintió como una idiota pero la tomó de todas formas. 

 

Subieron los senderos de Sibiantaú. Gina sin aliento y con la cabeza dando vueltas y Damián serio y contemplativo. 

 

Gina lo miraba de reojo, —¿cómo puedes saber por dónde vas? Yo no puedo ver bien. 

 

—Conozco esta montaña, confía en mí. 

 

Gina alzó las cejas, —es exactamente lo que estoy haciendo. 

 

Gina esperaba que en algún momento llegaran a un peñasco y Damián la empujara, pero Damián se detuvo al llegar a un espacio en donde habían unas rocas formadas en círculo. 

 

—¿Y esto? 

 

—Este es mi lugar favorito, lo ha sido durante muchos años, —Damián caminó hacia una orilla. Gina se tensó. —Tranquila. 

 

Gina finalmente se acercó con pasos cortos y cautelosos. Entre los espacios que dejaba la neblina, se alcanzaba a ver todo el valle, del otro lado se alcanzaba a ver la ciudad. —Guau. 

 

—Impresionante, ¿no? 

 

Gina asintió y después de un momento, sin quitar la mirada de esa hermosa vista, se sentó. De pronto Damián había dejado de ser el criminal y lo imaginó saliendo de un hogar para niños que había sido objeto de muchas denuncias y críticas por sus maltratos y negligencias.  

 

 

Miró hacia el frente sintiendo que estaba dejando caer una bomba. —Sé sobre Carolina. 

 

—¿Sí? —Damián la miró con curiosidad, —¿qué sabes de ella? 

 

Gina exhaló, llenándose de valor. Aliviada ante la indiferente reacción de Damián. —Sé que tuvo un hijo. 

 

Damián sonrió pero parecía cansado. —Eres toda una detective.

 

Gina también sonrió, pero se arquearon sus cejas y su sonrisa desapareció, —Carolina se suicidó. Igual que Zoe. Y creo que mataron a su hijo, por eso se volvió loca.

 

Damián la miró. 

 

Gina interpretó su silencio, parecía que hasta el momento todo era verdad. —Damián, ¿era Carolina tu esposa? 

 

Damián frunció el ceño. —¿Cuándo crees que tuvo a su hijo? 

 

—No sé la fecha exacta, solo sé que fue hace mucho tiempo. 

 

—Tenía veintitrés años cuando Zoe y yo nos mudamos a Roble. ¿Cuándo crees que me casé?

 

—¿Un romance de muy joven? 

 

—Dime una cosa, Gina. ¿Por qué quieres saber? 

 

—¿Por qué quiero saber quién eres? —Gina alzó las cejas como si en la pregunta estuviera la respuesta. 

 

—Hace unas semanas nada de eso importaba y ahora vas por ahí preguntando por mi apellido y sacando mi expediente del consultorio de la doctora.

 

Gina apretó los ojos y los labios. 

 

—Podías preguntarme a mí.

 

—Lo intenté. De verdad, 

 

Damián asintió. —Supongo que tienes razón. —la miró a los ojos y suspiró con resignación, —te contaré quién fue Carolina. 

 

 

Damián le contó la historia de una adolescente de quince años que trabajaba de mesera en el restaurante del valle. No sabía qué había sido de sus papás, hasta donde él sabía no tenía familiares. Pero decían que era una joven simpática, extrovertida y muy amable con todos. Además era hermosa, con unos ojos grises y cabello negro lacio que le llegaba a media espalda. 

 

Un día apareció un hombre mayor que ella en el restaurante. Carolina lo atendió y el joven hablaba como si Carolina lo hubiera flechado. Amor a primera vista. Cada semana, el joven regresó al restaurante. Era un joven de dinero, su papá le había heredado una gran fortuna y él quería abrir su parque de atracciones en una montaña. En la montaña Genoveva, para ser exactos. Después de atenderlo tres semanas, Carolina lo invitó a su casa. Era una casita humilde pero tenía todo lo que necesitaba. El joven la ‘amó’ cada semana. Hasta el día que se le olvidó quitarse su anillo de casado. Aunque Carolina lo quiso dejar, estaba muy enamorada y él alegó que dejaría a su esposa porque según él, también la amaba. 

 

Pero el amor salió por la ventana cuando Carolina, ya de dieciséis, le dijo que estaba embarazada. Le dio dinero para abortar y le dijo que ya tenía una familia y no necesitaba otra. En ese entonces ya había empezado la construcción del parque y de todo el pueblo. Carolina fue con la partera pero no pudo deshacerse de su hijo. Sin embargo, un amor no reemplazó a otro. Seguía enamorada de ese joven. 

 

Carolina caminaba durante horas para verlo en el parque que estaba construyendo, pero él ya no la quería. Quizá se asustó por la idea del bebé, quizá nunca la quiso. Cuando nació su hijo la corrieron del restaurante. No podía con todo. Amaba a su hijo pero estaba sola en el mundo, nadie quiso cuidarlo, nadie le quiso dar trabajo y nadie la quiso ayudar.

 

No hacía nada más que pensar en ese joven que le había prometido la luna y las estrellas. Al no conseguir trabajo dejó de pagar la renta. Sus ahorros, aunque eran pocos, los gastó en comida para su hijo. La corrieron de la casa y se metió en una choza que no estaba habitada. Y cuando el dinero se terminó, comenzó a salir a la carretera a pedir limosna. Por supuesto que al ver a una mujer entre la niebla pidiendo dinero, comenzaron a llamarla la loca del valle, o el fantasma del valle. Pero Carolina estaba viva, no era un fantasma ni estaba loca, solo estaba muy triste. 

 

 

Siempre estaba llorando. Aún cuando le cantaba a su niño y lo acariciaba, no podía dejar de llorar. Pasaron los años pero ella estaba atorada en ese hoyo negro, sin poder salir. 

 

Un día se estacionó un coche afuera de la choza. Habían pasado diez años pero Carolina saltó emocionada, sonriendo por primera vez en mucho tiempo. Le pidió a su niño que se escondiera y estuviera calladito. Primero iba a hablar con su papá y después los tres se irían juntos de esa pocilga. 

 

El niño se escondió debajo de la mesa, esperando ansioso por conocer al ángel que los sacaría de ahí. Pero el hombre que entró a la casa no era ningún ángel.  En cuanto vio a Carolina se fue sobre ella. El niño no entendía por qué ese hombre le pegaba a su mamá, quería salir a protegerla, pero los ojos de su mamá desde el suelo le imploraron que se quedara en donde estaba.  

 

El hombre gritó y jaló a Carolina del cabello hasta la puerta, enseñándole el coche con la mujer que venía dentro. Le estaba diciendo que tenía una familia. Alguien le dijo que Carolina estaba pidiendo dinero, y quizá se sintió amenazado, quizá sospechó que sí había tenido a su hijo. Cuando se fue, dejó a Carolina en el suelo llorando. El niño salió a abrazarla. Con su playera y dedos de niño le limpió la sangre de la cara y del cabello, intentando consolarla, pero su mamá tenía una mirada extraña. La mirada de alguien que fue herido y ahora le habían dado la puñalada final. 

 

Le dio un beso a su hijo y lo puso entre sus brazos. El niño vio los moretones en todo su cuerpo mientras le cantaba al oído. Al terminar la canción, su mamá le dio otro beso en la frente y se metió al baño. El niño esperó recargado en esa vieja puerta de madera. Y un rato después, sintió los pantalones mojados. Se levantó, suponiendo que su mamá había dejado caer una cubeta con agua, pero el riachuelo debajo de sus pies no era de agua. El agua no era de ese color. Abrió la puerta y encontró a su mamá con los ojos cerrados y las muñecas abiertas. 

 

El niño se sentó junto a ella y la acarició un gran rato. Carolina se había convertido en un ángel y por primera vez su mamá dejó de llorar, por primera vez la vio tranquila y en paz. 

 

Gina se limpió las mejillas. 

 

—Carolina no era mi esposa, Gina. Carolina Ferrer era mi mamá.

 

—El hombre que abrió el parque, —Gina se limpió una lágrima, —¿Lucas Martín? ¿él es tu papá? 

 

—Sí.  

 

Por un momento ambos permanecieron en silencio. Gina asimilando lo que acababa de contarle, y Damián analizando lo que implicaba el nuevo conocimiento de Gina. 

 

—Lo siento mucho. —Gina dijo entre lágrimas. —No puedo ni siquiera imaginarme el dolor que te causó. 

 

Damián entrecerró los ojos, incómodo.  —Eso fue hace mucho tiempo. 

 

Gina pensó en Lucas y en su familia. Miranda, Zoe, Raúl. Aunque fuera aterrador y repulsivo, ahora todo tenía más sentido.   

 

—Mataste a la doctora. —Gina lo volteó a ver. Damián no apartó la mirada, pero dejó que su silencio le respondiera. —¿Zoe? 

 

Damián mantuvo un tono tranquilo, y respondió viéndola a los ojos. —Se dio cuenta de que había sido yo el que había hecho que el parque cerrara. 

 

—Entonces tú… —Gina se cubrió la boca sin poder terminar su oración. La ansiedad creció en su estómago, y no sabía qué emoción la estaba paralizando. ¿Sorpresa? ¿miedo? Sacudió la cabeza, —pero estabas tan afligido cuando eso paso, ¡yo escuché tus gritos! 

 

Damián suspiró, apretando los labios. 

 

Gina tragó saliva y lo miró nuevamente, esperando a que dijera que todo se trataba de una pésima broma, pero en sus ojos no había más que honestidad. —¿Raúl? —preguntó finalmente. —¿Él también entra en tu plan de venganza contra Lucas? —un nuevo llanto se empezó a formar en sus ojos. 

 

—Te subiste al tren sin saber para dónde iba, Gina. Pero todavía te puedes bajar. Puedes olvidar todo esto. 

 

—¿En serio me estás pidiendo eso? 

 

Damián secó sus lágrimas. —No hay nada que puedas hacer. Tú eres una mujer decente, y yo soy un hombre con una obsesión. Creo que el que me ames, o te ame, ya no es relevante.

 

Gina asintió, —quizá. Pero todavía puedes cambiar de opinión. Me dijiste que habías lanzado un boomerang, ¿te acuerdas? Deja de seguir lanzándolos. Olvida todo, vámonos, solo tú y yo —imploró—. Olvida a Lucas, deja todo esto atrás. 

 

La sonrisa de Damián no tocó sus ojos. —No puedo. 

 

—Lo de Zoe está hecho, y lo de Miranda también, pero Raúl no tiene la culpa y aún estás a tiempo, —su voz se le cortó con un nudo en la garganta, —por favor no lo hagas, tu problema no es con él.

 

—Gina, ya está hecho. —Respiró, —en verdad siento mucho que esto haya llegado tan lejos, nunca quise involucrarte, créeme. 

 

—No. —su desesperación creció. Puso la mano en la mejilla de Damián, —vámonos lejos, todavía puedes dejar todo esto atrás. Sé que sufriste mucho pero si sigues en ese camino te va a terminar destruyendo, por favor- 

 

—No puedo. —interrumpió con una voz firme y se levantó dando media vuelta. 

 

—¡Damián, no estás solo! —exclamó irrumpiendo en llanto. 

 

 

Damián apretó los puños mientras bajaba por el sendero, maldiciéndose por haber permitido que la situación con Gina se descontrolara. No le importaba que Gina acudiera a las autoridades, de hecho estaba seguro de que no lo haría. Lo único que podía pensar era lo cruel que había sido con ella, y el dolor que le estaba causando dejarla. Ni en un millón de años se habría imaginado que una persona tuviera tanto poder sobre él. Contrólate imbécil, se repitió hasta llegar a su coche, y pisó el acelerador como si intentara ganar una carrera. Pero no avanzó mucho antes de que el vacío se apoderara de él. Se orilló intentando respirar y con la certeza de que estaba solo, se bajó del coche. 

 

Un relámpago iluminó el bosque, y Damián se dio cuenta de que se había parado junto a las chozas. Azotó la puerta del coche y marchó hacia los árboles. La lluvia se dejó caer con fuerza, como si el cielo sintiera lo mismo que él. 

 

Pateó la puerta de la pequeña choza, haciendo que se desprendiera y cayera en el interior partiéndose en pedazos. Empapado, abrió la puerta del baño. Necesitaba recordar, necesitaba volver a estar seguro.  

 

Se agachó en dónde la había encontrado. A diferencia de la piel gris que tenía la mujer en sus pesadillas recientes, ahora la recordaba tal y como era. Sus rodillas golpearon el suelo y los años se borraron en un instante. La pudo ver claramente, no como las alucinaciones extrañas que había tenido, más bien como si hubiera cruzado un portal a otra dimensión en donde las imágenes del pasado se interponían al presente. Ahí estaba acostada, hermosa. Sumergida en un sueño profundo del que no regresaría jamás. Una vez más sintió que le arrebataron lo único que tenía en la vida. La mujer por la que habría movido el cielo e infierno. Pero en lugar de negarse a sí mismo y salir corriendo como lo había hecho esa noche y al regresar a la cabaña, decidió hacer algo más aterrador. Quedarse y enfrentarlo.

 

Recordó a su mamá en el suelo, las patadas de Lucas, el sufrimiento en sus ojos, y la mirada perdida. Todo desde los ojos de un niño asustado que no hizo nada al ver cómo maltrataban y destruían lo único que él amaba. Un grito afligido estalló en su garganta, perturbando la quietud de la noche y retumbando más allá de las paredes de aquella choza. Todos los sentimientos que había reprimido por años salieron como un volcán en erupción desgarrándolo desde las partes más íntimas de su alma. Se llevó las manos al rostro pero no intentó controlar o detener las lágrimas ni el temblor que se apoderaba de su cuerpo. Ni lo que hizo Lucas, ni lo que hizo su mamá, dolía tanto cómo lo que él no había hecho: defenderla. Y ahí, sentado frente a la depravación que lo condujo al abismo, dejó caer todos los muros que lo habían mantenido de pie y dejó que la oscuridad lo consumiera.

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