top of page

DEMENCIA





Ian observó el edificio y cambió su peso de un pie al otro decidiendo si realmente era necesario entrar. El día anterior su esposa le había agendado la cita con el doctor Carbajal, un psicólogo de buena reputación que difícilmente se encontraba disponible. Ian sabía que su esposa estaba preocupada, pero él no tenía ningún problema, al menos ningún problema real. A pesar de que había escuchado toda su vida que todos tenían problemas, él se sentía como la excepción, era un tipo con mucha suerte. Tenía una esposa maravillosa, dos hijos de los que se sentía orgulloso, una empresa que había crecido año con año y la mejor relación con sus padres. No había nada en su inventario moral que sintiera la necesidad de mejorar, al menos nada hasta que cerraba los ojos por las noches.


El doctor miró el reloj y le ofreció una discreta sonrisa—. Tú debes ser Ian; pasa, toma asiento.


Ian se aclaró la garganta, había imaginado al doctor Carbajal como un hombre de sesenta años con barba y cabello blanco, pero el hombre que le abrió la puerta parecía un estudiante de medicina recién egresado. Caminó despacio hacia el interior, como si alguien lo estuviera empujando contra su voluntad. El doctor Carbajal tomó un bloc de notas y una pluma y se sentó en uno de los sofás individuales, frente a una pequeña mesa redonda de vidrio, indicándole con una mano a Ian que ocupara el otro sofá.


Ian se sentó despacio, intentando no despertar el dolor que por ratos se intensificaba en la espalda y el hombro—. Verá, he tenido unas pesadillas-

—Me gustaría escuchar primero sobre tu vida Ian. Cuéntame, ¿a qué te dedicas?

—¿Es realmente necesario? Sé perfectamente cuál es mi problema; si es que hubiera alguno.

—Es parte del proceso —el doctor Carbajal insistió—. Confía en la terapia.

Ian suspiró y cruzó una pierna, arrepentido de haber entrado—. Tengo una empresa.


El doctor permaneció impasible, con la pluma sobre el bloc, como si la respuesta de Ian no mereciera quedar plasmada.


—Me va muy bien, la verdad es que no me puedo quejar.

El doctor asintió y deslizó la pluma sobre el cuaderno. Ian quitó la mirada, quizá la avalancha de preguntas vendría después.

—Tu esposa hizo la cita, ¿cómo es tu relación con ella?

—Es… La verdad es perfecta, ella no solo es hermosa, sino que es la mujer más cariñosa que he conocido. Tenemos dos hijos, un niño y una niña, son de lo mejor que me ha pasado. La verdad es que tengo más de lo que alguna vez soñé—. Ian observó con curiosidad la camisa de girasoles que el saco intentaba ocultar.

—Cuéntame sobre los sueños, ¿cuándo comenzaron?

—Pesadillas, más bien. No estoy seguro de cuándo—. Ian miró los barrotes de la ventana sintiendo una sensación familiar.

—¿Pasa algo Ian?

Ian sacudió la cabeza—. Una especie de déjà vu, supongo—. Sus dedos temblaron mientras buscaba un cigarro en la bolsa del pantalón—. ¿Le importa?

El doctor negó con la cabeza y se levantó para abrir la ventana—. ¿Sientes como si ya hubieras estado aquí?

—Eso sería imposible —dijo encendiendo el cigarro.

El doctor Carbajal asintió—. Las pesadillas…

—Sí—una risa nerviosa delató su incomodidad—. Últimamente me distraigo con facilidad—. Dio una bocanada al cigarro y exhaló una nube de humo—. Empezaron- realmente no sabría decirle cuándo —respondió extrañado por la respuesta—. Siento como si fuera un sueño muy viejo—. Su mirada regresó a los barrotes de la ventana y de pronto ya no los veía desde el consultorio. Sus manos y pies estaban atados y en su camisa blanca había sangre que caía de su oído derecho.

—¿El sueño es siempre el mismo?

La voz del doctor sonó como un eco en una realidad distante. Parpadeó un par de veces regresando al consultorio. El cigarro estaba consumido. Ian siguió la mirada del doctor hacia el cenicero que ahora estaba en la mesa de vidrio. Puso la colilla en el cenicero sintiéndose confundido. Negó con la cabeza, recordando el inicio…


El sol comenzaba a meterse cuando Ian salió del banco. Bajó los escalones y se detuvo en la banqueta frente a su coche. El tono de un mensaje lo distrajo y sacó su teléfono sin prestar atención a la camioneta blanca que lo esperaba a unos metros. Cerró los ojos echando la cabeza para atrás antes de responder, “dijiste que podía pasar por los niños, no los he visto en-” el teléfono se resbaló de sus manos al mismo tiempo que cubrían su visión y brazos rudos lo empujaban al interior de un vehículo.


—Siempre avanza —dijo con una voz ausente.


En el interior del vehículo dejó de gritar y maldecirlos, intentando formar un mapa en su cabeza. Contó las vueltas a la derecha y a la izquierda intentando tatuarlas en su memoria, pero al llegar parecía haber olvidado todo. Forcejeó con al menos tres pares de manos que lo llevaron al interior de un espacio que se sentía frío y olía a combustible. Se escuchó una puerta abrirse y las manos que lo presionaban lo liberaron con demasiada fuerza, haciéndolo golpearse contra la pared y caer al suelo de rodillas. Se escucharon pasos saliendo de la habitación y por un momento pensó que se había quedado solo, pero alguien quitó la tela que le tapaba la vista. Ian respiró agitado, y giró la cabeza lentamente para ver a su captor. Un pasamontañas tapaba su rostro, pero el hombre no parecía mayor de treinta, tenía la tez clara y usaba una playera negra de manga larga y pantalón de mezclilla. Su mirada tenía una expresión de entusiasmo y orgullo. Lo observó durante unos segundos, después dio la vuelta y salió con pasos largos y rápidos. Ian se dio la vuelta y se sentó, recargando la espalda en la pared, intentando liberarse de la cuerda que ataba sus manos a su espalda, y pensando en qué hacer. Pagarán el rescate y me liberarán, repitió constantemente en voz baja. Podían haber pasado minutos u horas hasta que la luna apareció iluminando los sucios barrotes de una pequeña ventana.


—Esa fue la primera pesadilla. Desperté desconcertado, había sido muy real. Pero para el medio día ya la había olvidado. Jamás habría imaginado que esa noche al acostarme el tormento seguiría…


—Tu hermano se rehúsa a cooperar. Aquí entre nos, creo que no se da cuenta de la gravedad del asunto. Tendremos que tomar al toro por los cuernos, o mejor dicho, por las manos—. Pudo sentir la sonrisa de su captor aún con el pasamontañas. Su mirada se asemejaba a la de un niño tramando una travesura. Se alzó las mangas de la playera negra, revelando un girasol tatuado en el brazo derecho. Caminó hasta la puerta en donde había dejado recargado un machete y regresó con pasos firmes mientras Ian se ponía de pie, listo para huir o al menos intentarlo, pero su plan se vio frustrado cuando dos hombres encapuchados entraron a la habitación y lo sujetaron bruscamente contra el piso, liberando la atadura de sus manos y extendiendo sus brazos. Al principio sintió solo un golpe, pero rápidamente llegó un mareo con una sensación de agonizante dolor.


—Verá doctor—Ian lo volteó a ver—, fue tan real que desperté con un increíble dolor en la mano. Creo que eso fue lo que asustó a mi esposa.

—Tu esposa está preocupada porque has dejado de comer Ian. Me dice que bajaste de peso y estás con la mente en otro lado.

—Despierto en las madrugadas sudando y aterrado—. Encendió otro cigarro con dedos temblorosos—. Me sigo diciendo que esta estúpida pesadilla se va a terminar, pero siento algo tan… No sé ni cómo describirlo…. ¿Qué significa? ¿Qué significa todo esto? —le dio una fumada profunda al cigarro—, ¿es una premonición? Nunca he creído en esas cosas, pero —liberó el humo—, y más que lo que sueño es la sensación que me deja al despertar… No he descansado en mucho tiempo —se llevó nuevamente el cigarro a los labios, se detuvo antes de darle una fumada corta—, siento que estoy perdiendo la cabeza, tengo las voces, las sensaciones, todo está muy presente como si se hubiera anidado en esta parte de mi cabeza—. Se llevó los dedos a la frente mientras el recuerdo de sus pesadillas salía a la superficie.


—Creo que tu hermano está en shock. No responde—. El hombre se metió las manos a las bolsas del pantalón—. Supongo que si me mandaran una mano… Pues, podría ser de cualquiera ¿no? Hablé con el jefe, vamos a mandarle otro mensaje para que reaccione. ¿Alguna vez has salido en la tele? Necesitamos un buen show, que te vea desesperado… Herido… Que conmueva, ¿sabes? No te preocupes si no tienes experiencia actuando, se va a ver real.

Los encapuchados entraron a la habitación. Uno cargaba un bate y el otro tenía un puño de acero. Ian sintió un escalofrío al ver el metal que cubría los nudillos de aquel hombre.

Sin tener a donde escapar, Ian se encogió intentando protegerse de los golpes que comenzaron a caer, uno tras otro. El bate aterrizó en su abdomen, espalda, hombro y piernas, y el metal golpeó fuertemente su cara y pecho. Ian rogó que el golpe que lo hiciera perder la consciencia llegara rápido, pero nunca llegó. Cuando la tortura terminó, le quedó el sabor de la sangre en los labios y un dolor que se esparcía por todo el cuerpo, especialmente en el brazo derecho en un punto en donde el bate había golpeado repetidamente.

—¿Listo Ian? Luces… Cámara… ¡Acción!

Ian suspiró cansado antes de voltear a ver al entusiasta captor sosteniendo la cámara—. Hermano… Ayúdame… No sé qué es lo que te están pidiendo, pero lo que sea… Lo que sea, lo tienes, eres una maldita celebridad ¡ayúdame a terminar con esta tortura! —suplicó entre lágrimas.


—¿Como si fueran recuerdos?

—Algo así —le dio la última fumada y lo apagó—, no estoy seguro. No tiene sentido.

—Háblame de tu hermano, ¿cómo es tu relación con él?

—¿Mi hermano?

El doctor asintió.

Ian sintió mucho frío de repente—. ¿Podemos bajar el aire?

—No cambies el tema —respondió el médico sonriendo.

—¿Por qué asume que tengo uno? —Ian frunció el ceño, sintiendo que se acercaban a una solución y de pronto el doctor salía con algo que no tenía nada que ver, alejándose de la respuesta. Exhaló visiblemente irritado antes de responder—. Mis papás son cirujanos, bueno, están retirados, pero eran muy reconocidos en su profesión, y como padres… ¿Qué le puedo decir? —sonrió pensando en ellos—. Tuve una infancia que muchos envidiarían, y con el tiempo mi relación con ellos solo se ha fortalecido.

—¿Tu hermano? —presionó el doctor.

—Mi hermano, mi hermano es… Bueno, no le ha ido muy bien en la vida con las decisiones que ha tomado. Digamos que no ha tenido mucha suerte, pero ha logrado de una forma u otra salir adelante y siempre ha tenido el apoyo de toda la familia. Incluyendo el mío por supuesto. No hay nada que no haría por él.

—¿Y en tu sueño? ¿Es él quien es exitoso? —bajó la vista hacia sus notas y leyó—¿Una celebridad? ¿Eres tú el que no ha tenido suerte?

Ian se movió incómodo en el asiento—. Supongo.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión? No crees que necesitas terapia, pero aquí estás. Sinceramente no creo que estés aquí solo porque tu esposa te hizo una cita.

Ian desvió la mirada—. Tengo miedo —finalmente admitió.

—¿De qué?

La mente de Ian voló hacia las pesadillas que siguieron—. De cerrar los ojos.


Su captor entró a la habitación. Miró fijamente la venda al final del brazo de Ian y después recorrió la mirada por todos los golpes visibles. Se paró bajo la ventana, alzando una mano para sujetar uno de los barrotes—. Tu hermano recibió el video…

Ian suspiró, un par de lágrimas amenazaron con asomarse agradeciendo que el tormento por fin estuviera llegando a su fin, pero cuando el hombre se le quedó viendo sin ofrecer más palabras, su alivio se convirtió en consternación, y la consternación se transformó en pánico—. ¿Qué dijo?

—¿Qué dijo? —repitió el hombre viéndolo de reojo. Alzó un hombro—. Pensamos que valías más. Nos equivocamos. Ian... Tu hermano decidió no pagar el rescate.


—Esta noche me van a matar—. Se levantó de la silla sintiendo como la ira se apoderaba de él—. ¡¿Por qué me duele el maldito brazo?! ¡¿Por qué mi cuerpo reacciona si no es más que un pinche sueño?!

El doctor lo observó sin decir nada.

Su voz se convirtió en un murmullo y algunas lágrimas se escurrieron de sus ojos—. ¿Qué va a pasar cuando muera esta noche?

El doctor cerró el bloc y lo apoyó sobre el escritorio, como si estuviera finalizando la consulta—. Creo que ya te estás dando cuenta.

Ian frunció el ceño y se limpió las lágrimas, perplejo.

—¿No crees que tu vida es demasiado perfecta? Una infancia perfecta, un negocio perfecto… ¿Cómo son tus hijos?, ¿cuándo fue la última vez que los viste?, ¿cuándo fue la última vez que fuiste a tu oficina, o que tuviste una discusión con tu esposa? ¿Cómo se llama ella, por cierto?

Ian sintió como si de pronto el doctor le estuviera hablando en otro idioma—. ¿De qué está hablando?

—¿Cómo se llama ella, Ian?

Ian sacudió la cabeza, intentando hacer sentido de lo que estaba viviendo. El doctor Carbajal se levantó, tomó un libro del estante y lo abrió buscando una página—. Demencia, grupo de síntomas que afectan la memoria, el pensamiento y las habilidades sociales lo suficientemente graves como para interferir en tu vida diaria—. Cerró el libro—. Un evento traumático, por ejemplo, puede causar demencia.

—No estoy entendiendo.

—Ian —el doctor pronunció su nombre como si le hablara a un niño—, la mente es tan poderosa. Cuando una persona está viviendo algo muy doloroso o muy estresante, su mente puede inventar cualquier cosa para protegerla, puede inventar, por ejemplo, una realidad alterna, como una vida perfecta… Creo que en el fondo ya sabes por qué no puedes recordar tu oficina, o las caras de tus hijos, o por qué no me puedes decir el nombre de tu esposa.

—Se entiende perfecto —la voz de la mujer venía de atrás de Ian.

Un escalofrío recorrió su espalda al escuchar la voz de su esposa—. ¿Qué haces aquí? ¿En qué momento entraste? ¡Dile que no estoy loco!

—¿Con quién hablas? —el doctor le preguntó, haciendo que Ian comenzara a marearse.

La mujer miró hacia al frente mientras hablaba, como si su esposo no estuviera en la habitación—. Que tus papás te den la espalda porque eres un fracasado, que tu hermano te haya restregado su éxito toda su vida… Y que no seas más que la esperanza de un par de perdedores que creen que se harán millonarios en un secuestro —soltó una carcajada—, ¡como si tu hermano fuera a pagar! Tu ex esposa debe estar aliviada porque por fin se libera de una carga. No es tu culpa Ian, cualquiera intentaría escapar de esa realidad.

—No—. Ian se llevó las manos al cuello, sintiendo como si algo le impidiera respirar.

El doctor miró hacia los barrotes de la ventana—. Mira, ya es de noche. Se acabó el sueño Ian, es hora de despertar.

Ian miró hacia los barrotes con las lágrimas cayendo por sus mejillas. Esta vez no tuvo duda de que eran los mismos que había visto en su sueño. Por un momento las palabras del psicólogo y de su esposa tuvieron sentido. Sonrió irónicamente al reconocer la flor que tenía el doctor en su camisa y se sintió estúpido por no haber hecho la conexión. Apretó nuevamente los ojos, sabiendo lo que encontraría al abrirlos.


Su captor irrumpió en la habitación sin capucha. Ian no se sorprendió al ver que su captor era el mismo doctor.

—¡Pensé que no ibas a despertar! —El hombre de esa voz familiar se puso en cuclillas frente a Ian. Traía una playera blanca de manga corta. Ian observó el girasol tatuado en su brazo derecho—. Ya perdimos demasiado tiempo y todo fue en vano—. El hombre silbó y llevó la navaja al cuello de Ian—. No es personal Ian, te lo prometo, solo negocios —dijo casi conmovido antes de presionar el metal contra su cuello.

53 visualizaciones0 comentarios

Comments


bottom of page